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Aviso desde el principio que esta entrada es de un interés puramente local. Aclararé al curioso lector que “malafollá” es la palabra que, aquí en Granada, se utiliza para definir cierta forma de grosería y desabrimiento característica del lugar. Los amantes de las quintaesencias del terruño la consideran algo regocijante, excelente, versión trascendental del wit o del esprit, gracia definitiva del espíritu que ha descendido como un don sobre nuestras frentes meridionales. No hay granadino de pro que no haya incurrido alguna vez en laboriosas, desgastadas, cansadísimas exégesis. Yo mismo no puedo sustraerme a hacerlo aunque, como ya habréis adivinado, no comparto ese entusiasmo generalizado.

No la encuentro divertida, al contrario, me parece una desgracia de la que algún día espero que nos libremos. La arrogante complacencia en un fracaso, una sed de parálisis, un agujero negro que absorbe las energías y los sueños de una sociedad.

El hecho de que en ocasiones se practique con ingenio no quita para que se trate de un hábito despreciable, mezcla de soberbia, aridez del alma, ignorancia, mala fe y sentimiento de clase. La malafollá es algo que siempre se ejerce desde el sentido de pertenencia a un grupo. Mediante ella se marcan distancias, se pone en su sitio al recién llegado, se alecciona al extraño en un catecismo de nihilismo tosco. Se trata de matar toda señal de entusiasmo antes de que nazca, se trata de recordar siempre que (en palabras de Lorca, el no malafollá por excelencia y una de sus víctimas más célebres) «la vida no es noble, ni buena, ni sagrada». ¿Dónde vas, imbécil?, ¿de qué te ríes, de qué te alegras?, ese es el bordoneo miserable que resuena siempre detrás, ¡qué bien la conozco desde la infancia!, ronca liturgia de la mediocridad, misa negra de la impotencia.

Vicio de mala gente, incapacidad para la ternura y la alegría compartida, para la generosidad y la caricia, esclerosis del corazón aprendida tras siglos de madres duras y padres distantes y tristes, achaque moral de viejos prematuros que sólo halla consuelo en la derrota colectiva. Desalmado matonismo de clase media, siempre ejercido contra el débil, el tímido, el ingenuo. Nada bueno cabe esperar de quienes humillan y ridiculizan al ingenuo.

Sí, la malafollá, esa sal.

Los_Chinchillas

Francisco de Goya. “Los Chinchillas”

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