Etiquetas

,

 Si je désire une eau d’Europe, c’est la flache
Noire et froide où vers le crépuscule embaumé
Un enfant accroupi plein de tristesses, lâche
Un bateau frêle comme un papillon de mai.

Arthur Rimbaud. “Le Bateu Ivre”

Siempre es aventurado hacer predicciones históricas y no soy yo, desde luego, una persona preparada para hacerlas. Anoche asistí a un concierto admirable del Cuarteto Casals, en uno de los patios del viejo Hospital Real. Haydn, Mozart, Granados y Ravel en una exhibición sobrecogedora de una determinada idea de Europa. La noticia de la victoria en referéndum de los partidarios del Brexit me ha despertado esta mañana con la tranquila evidencia de los malos sueños. No hace falta ser catastrofista, la realidad es de una gran plasticidad y no siempre los procesos de calentamiento colectivo (y no me cabe la menor duda de que vivimos uno de esos procesos) llevan necesariamente a la liberación de energías caóticas, de ese lado oscuro de la historia cuya desaparición definitiva nunca podemos dar por supuesta.

Se trata, sin más, de una mala noticia. No es una victoria del peculiar pragmatismo británico que mantiene el volante a la derecha o no abraza el sistema métrico decimal, al revés, es una victoria de las pulsiones tribales, una victoria del nacionalismo, esa visión política basada en la existencia de identidades colectivas (concepto inquietante, en sí) y su incompatibilidad, cosa que en nuestra disfuncional España es considerada una actitud sanamente progresista.

La idea de Europa podrá ser puro kitsch y un abuso del cuarto movimiento del opus 135 de Beethoven, podrá haber sido gestionada con mezquindad ante conflictos muy recientes (de la última guerra de los Balcanes al drama de los refugiados), podrá suponer el mantenimiento una costosa, banal e ineficiente estructura burocrática, podrá haber impuesto condiciones económicas de singular dureza contra quienes más indefensos estaban (aunque nadie se acuerda de cómo los fondos europeos regaron nuestro sueño de desarrollo, nuestros logros sociales y nuestros absurdos despilfarros), pero suponía una especie de conjuro contra las fuerzas destructivas que durante siglos nos han sacudido. Europa es una vaca pastando sobre un fondo de hermosas reliquias y un cartero en bicicleta silbando a Schubert, pero también un permanente campo de batalla. Nuestros fértiles campos de labor están abonados desde hace siglos con huesos humanos.

A estas alturas suele aflorar el concepto de la “Europa de los mercaderes” y yo creo que no hay nada malo en los mercaderes siempre y cuando la ley defina con claridad los abusos. La lenta salida de la Edad Media profunda fue fruto tanto de hombres de letras encerrados en monasterios como de personajes que reconstruyeron la civilización y restablecieron las comunicaciones entre los pueblos por afán de lucro. Europa –en su grandeza y en sus grandes derramamientos de sangre- fue también un logro de mercaderes.

Estoy de mal humor y me voy a permitir ser gratuito y hasta injusto, pero no puedo dejar de recordar que durante un buen tiempo algunos indignados despistados colgaban con entusiasmo en las redes sociales intervenciones parlamentarias de un personaje como Nigel Farage, como ejemplo de ese “al pan, pan y al vino, vino” tan del gusto de aquellos convencidos de lo fácil que es solucionar los problemas del mundo. Hasta no hace tanto el partido que será el gran triunfador de las próximas elecciones contemplaba la salida de la zona euro como la solución a nuestra debacle económica. Lo que piensa en el momento presente no parece claro del todo. Uno espera que el principio de realidad se acabe imponiendo.

No siempre que la gente decide subirse a las tablas, en frase de un lírico spot electoral, se produce el advenimiento de un mundo mejor. La emoción y la sonrisa no son una garantía contra el error. En este caso la gente ha hablado y, la verdad, disculpadme, no me entran muchas ganas de sonreír.

3668664529_a5390fcf6a

Anuncios