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“There must be some word today

From my boyfriend so far away

Please Mister Postman, look and see

Is there a letter, a letter for me?”

Please Mr.Postman

(Dobbins-Garrett-Holland)

Un dios con alas en los pies no desdeñó practicar su oficio. Nacidos con la palabra escrita, recorrieron durante miles de años las venas del mundo. Caminantes o jinetes, por veredas, calzadas y caminos reales, vadeando ríos, enfrentándose a las cóleras del mar y los desiertos y al presentimiento del lobo en el silencio nevado de los bosques, picando espuelas bajo el gran sol de las siegas.

Construyeron un vasto sistema nervioso, una circulación incesante de ideas y conocimiento. Filósofos, matemáticos y astrónomos, geógrafos, artistas, gramáticos y pedantes intercambiaban hallazgos y refutaciones, el naturalista en su gabinete recibía especímenes de los lugares más apartados del planeta.

También tejieron una vertiginosa red de afectos, la secreta historia de lo privado. Es difícil imaginar la novela decimonónica sin la presencia del correo. Delaciones, cartas infamantes, cartas nunca enviadas, las noticias del hijo ausente, anuncios de naufragios y batallas perdidas, confesiones, asombrosas revelaciones de paternidad, constituyeron la sustancia literaria por excelencia. Y las cartas de amor, sin duda, conmovedoras, sencillas, desesperadas, francas, la ansiosa expectativa de su llegada hoy comprimida en la neurótica espera del like. La figura benévola, familiar, del cartero como mano del destino, cuya llegada infundía esperanza o temor, perduró hasta hace muy poco en las mitologías populares de la canción.

El XIX construye grandes palacios postales, basílicas a mayor gloria de la administración pública. Mármoles, columnas y escalinatas, suscitan el asombro entre el eco resonante de susurros y estampillas. Una inescrutable maquinaria que recibía a diario decenas de miles de cartas de todos los rincones de la nación y las procesaba y clasificaba en sus laberínticas entrañas para ser repartidas a los cuatro vientos. Recuerdo en la niñez los solemnes peldaños de piedra gris que conducían al misterio nocturno de tres grandes bocas de latón.

Les han quitado casi todo. Despojados de las reminiscencias militares de su uniforme, aquella pequeña vanidad, vestidos de un común amarillo y azul, se limitan ahora a repartir facturas, citaciones judiciales, certificados, apremios del poder. No perdurarán, acabaremos viendo como un dron se encargará de su labor.

Ya no confiamos al papel las frases con las que nos contamos nuestras pobres, bellas, únicas vidas. Definitivamente inmateriales, nuestras quejas, nuestros deseos, galanteos y divertidas maldades atraviesan el espacio desde los teclados de nuestros dispositivos inalámbricos. Vivimos rodeados de una reverberación invisible de palabras, saturando el aire donde las ropas se secan al sol, el aire de las plazas donde brillan los surtidores de las fuentes, el aire triste de los callejones siempre en sombra donde se esconden los gatos y caminan cansados, incesantes -conservando todavía, como un halo, la bondad de su antigua leyenda- los últimos carteros.

Postmen from more than 100 Years Ago (2)

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