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Imágenes de gran fuerza alojadas en las profundidades de la memoria, siguen frecuentando nuestros sueños.

Siempre ha habido chiquillos jugando entre las ruinas. Una interdicción pesaba sobre ellas. Las casa abandonada, el lugar donde no debes entrar y donde todo lo malo te puede pasar. Los adultos sabían que estaban llenas de recuerdos aciagos y que también las frecuentaban fugitivos, locos y monstruos.

Derrelictos que nadie reclama, los niños pueden tomar libre posesión de ellas con el goce de conquistar un espacio propio. Conocen la entrada secreta, una simple cuerda que amarra una puerta desvencijada basta como señal del apropiamiento. A veces se acondiciona una parte con un remedo muy pobre y muy tierno de decoración.

En su interior hay que andarse con cuidado, abundan los peligros. Clavos, cristales rotos, astillas, el reino del tétanos, las temidas heces en el umbral de una puerta, arañas grandes y rápidas como no volverás a ver, la catástrofe definitiva del colchón abandonado. También descubrimientos irrisorios. Una pequeña jaula de madera, una palangana rota, un almanaque detenido en un verano remoto, un trozo de espejo todavía adherido al papel pintado de un muro vencido. La maleza invade los interiores, borrando los límites entre el orden humano y la tenaz turbulencia de todo aquello que nos sobrevivirá.

Un aire hecho de tiempo coagulado. Cerca de las ventanas bailan partículas en suspensión que el sol hace brillar mientras suena una chicharra desde algún lugar dentro de la casa.

Allí los primeros actos de rebeldía. Al abrigo de la mirada y la censura adulta, los niños se comportan a sus anchas, celebran rituales atolondrados, fuman, se disfrazan, en ocasiones hay accesos de agresividad. También en su momento la masturbación en cuadrilla, extravagante celebración de la pujanza nueva del sexo, el esperma primero derramado sobre ceniza y cascotes como en un culto arcano. Son lugares donde abundan pintadas obscenas hechas con un tizón.

Me gusta pensar que a esas casas les agrada la presencia estridente de niños, como al árbol le agradan los pájaros entre sus ramas. Su risa, sus juegos y sus bulliciosas violencias rompen el silencio e instauran de nuevo el tiempo. Como si todo pudiera volver. Su mirada transfigura esos mundos sórdidos, aboliendo el recuerdo del mal, embelleciéndolos de novedad y aventura. Como un último, delicado, misterioso tributo que la infancia rinde a la decrepitud.

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