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«Kippel son los objetos inútiles, las cartas de propaganda, las cajas de cerillas después de que se ha gastado la última, el envoltorio del periódico del día anterior. Cuando no hay gente el Kippel se reproduce […] cada vez hay más».

Philip K. Dick. “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”

Soy una persona desordenada. No es algo de lo que esté orgulloso, entiendo que se trata de una limitación y una fuente de angustia.

En sucesivas mudanzas nos desprendemos de lo superfluo, pero en realidad no contribuyen a reducir la entropía. Al contrario, algunas precarias tentativas de orden, buenas intenciones de archivero, se malogran. Es como barajar de nuevo las cartas. Poco a poco, de casa en casa, se forma un oscuro inconsciente de papeles sin clasificar mezclados durante años, atestando carpetas y cajones en furiosa promiscuidad. El material reprimido de la realidad.

Un día llega un certificado, los carteros nunca sonríen cuando te entregan un certificado oficial, por si acaso. Una carta, en una prosa no menos densa que la de Foucault, te requiere la inmediata presentación de algún documento de hace años. El hombre desordenado reza para que aparezca en los lugares previstos, de lo contrario deberá buscar en ese cementerio de papeles, esa cara oculta de la luna.

Nos gusta creer que en el inimaginable momento en que nos despedimos del mundo, nuestra vida transcurre ante nuestros ojos en un elegante, misterioso resumen. Una búsqueda como esta supone una experiencia parecida. Excavas como un arqueólogo en los estratos de tu propia historia, topando con testimonios por descifrar de un pasado. Ascendencias y caídas: contratos de alquiler, ventas de casas, nóminas, facturas de restaurantes, de hoteles, billetes de conciertos, proyectos que no cuajaron, números de teléfono de personas que no recuerdas, documentos judiciales, billetes de avión, informes de alta de hospital. De vez en cuando algo vivo, alguna lista fantasmal de cosas que entonces era imprescindible hacer, una nota encantadora que todavía te hace sonreír, cartas tristes de despedida, el aire forense de las polaroids, un dibujo obsceno de la adolescencia del que no quisiste desprenderte.

Son excepciones. Inquietado por la sensación de que en algún momento olvidaste hacer algo, algo que era tremendamente importante, tu vida se despliega codificada ante ti, no embellecida por la melancolía o la literatura. Una sucesión de hechos, de prolija información, de transacciones registradas y selladas, puro karma burocrático y olvido. Una historia narrada por una divinidad oficinesca y farragosa.

A estas alturas el documento aún no ha aparecido, pero estoy ya pensando en una hoguera de San Juan por todo lo alto.

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