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Hay un niño en lo alto de una cuesta. Va montado sobre una bicicleta, su aliento pequeño se estampa en el aire limpio de la tarde recién llovida, donde las primeras chimeneas ya se han encendido y lo impregnan todo de una melancolía algo fuera de lugar para alguien que apenas tiene un pasado. En su muñeca izquierda un reloj que hace poco le regalaron y en el que ha aprendido a descifrar el paso del tiempo, entonces lento y generoso. Todavía no tiene sueños respecto al futuro, tan lejano aún, tan indiferente. Ahora mismo sólo considera la inclinación de la pendiente y se imagina cosas enternecedoras, se imagina que es otro, que va a rescatar a una chica en apuros o que por detrás le pisan los talones los malvados.

Un par de pedaladas y se lanza a descender el camino sin asfaltar. A sus flancos desfilan a toda velocidad las fachadas de las casas del pueblo -algunas esconden tragedias que ya conoce-, los perros ladran y le agrada el viento frío en la cara y su nave bien gobernada brinca y vuela. Sabe cual es el punto exacto en el que debe empezar a frenar, pero se siente dueño de sí e intentará prolongar unos segundos más la excitación de la carrera.

De repente empieza a perder el control. No es una sensación nueva, sabe cómo va a acabar. Todo empieza a temblar, son unos segundos en los que la realidad se desintegra y sólo queda el miedo, los golpes del corazón y la sensación de lo que ya no tiene remedio. Unos bandazos más, algún esfuerzo desmañado por enmendar el rumbo hasta que se sale del camino y aterriza violentamente en un descampado, entre el olor fuerte, pegajoso, de la mala hierba. Hay un instante de silencio y estupor y entonces el niño empieza a llorar. Nadie lo ve, nadie lo puede oír, ni siquiera el buen dios que entonces aún existía en los huecos de oro que desgarran las nubes negras. ¿Para quién llora entonces?, ¿para quién las lágrimas que derramará a lo largo de los años? No es el amor, ni el miedo ni el odio, son el llanto, la risa y las palabras lo que nos hace humanos, pero llegamos a la vida sin palabras y no se sabe de ningún niño que haya nacido riendo.

Mira a uno y otro lado, todo sigue igual. Alguna madre, lejos de ahí, llama a sus hijos, algún pájaro pía, una mariquita dobla con su peso una espiga. El ridículo enciende sus mejillas como una epifanía al darse cuenta de que todo sigue adelante indiferente a su dolor y que ante la tristeza siempre estamos solos. Es un conocimiento inútil, nunca aprenderá a esconder su desconsuelo.

Ahora toca levantarse, temblando aún, ver la piel desollada y la sangre en las manos ateridas, el barro como una vergüenza manchando la cara y las ropas, la bicicleta desvencijada, inservible. Ahora toca recogerla, secarse las lágrimas, mantener el tipo y arrastrarla lentamente, cuesta arriba, de regreso a casa. Esa misma cuesta que aquel niño que aún alienta y desea y ríe volverá a subir las veces que haga falta, tirando de los fragmentos rotos de todo lo incumplido, aunque ahora no hay una casa a la que volver y hace frío y pronto se hará de noche.

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