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¿Te acuerdas de la primera vez? Aquel sillón era un trono y tú tan pequeño que tenían que añadir un suplemento para que tu cabeza alcanzara el gran espejo donde el mundo se duplica.

Investido con un trozo de tela entre el babero y la muceta del juez. Asombrado, sumiso. Ante ti un arsenal de toallas, lociones de olores enérgicos, cuencos con espuma blanca, el brillo de instrumentos de muerte violenta. El suelo se va cubriendo de mechones entre el sonido narcótico de las tijeras, mordiendo el aire en torno a tus oídos. Por unos instantes tu cara se desdibuja, se arruina, hasta que alguien nuevo va emergiendo al otro lado del espejo.

Finalmente el delicioso cosquilleo del filo de la navaja a contrapelo de la nuca erizada. Una pasada más de peine, una nube de talco y la última mirada a tu reflejo. Eres tú, eres otro. Tan arreglado, tan bonico. Pero hay como una merma, una vergüenza de animal domesticado.

Los niños saben esas cosas, las huelen, por eso al día siguiente, en el colegio, la vejación ritual del manotazo.

Y uno empieza a frecuentar toda una vida esos lugares, con algo de clínica, con algo de taberna. Hojeando revistas mientras espera su turno entre  funcionarios, viajantes chistosos, viejos de voz ronca, taurina, con los bronquios destrozados, en una calma mentolada de babuinos despiojándose al sol.

En sitios así leí tebeos bélicos, delirantes cómics de terror, vi unas fotos borrosas, fraudulentas, del cadáver crionizado de Kennedy, me apiadé de una pareja en Pensacola, que moría haciendo el amor en una habitación con las ventanas cerradas. También las primeras fotografías de mujeres desnudas. Hubo una época, a finales de los setenta, en que los revisteros junto a las macetas con plantas de plástico rebosaban de contenidos sexuales. Durante la transición los españoles tenían erecciones de manera regular en las peluquerías de caballeros.

Uno exploró en la adolescencia otras alternativas. Por una temporada los amigos acudíamos a una peluquería que unas chicas abrieron en el barrio porque una de ellas, aunque siempre con una humillante expresión de desdén, te lavaba el pelo con una suavidad lenta que nos encantaba. Aquel año llevamos el pelo cortísimo.

Se va envejeciendo en los espejos de las peluquerías, en ellos vamos dejando un rastro de nuestro paso por el tiempo. De noche, cerrado el negocio, nuestra biografía reverbera en el silencio de sus grandes lunas ciegas. Nunca sabemos cuántos cortes de pelo nos quedan, haced el cálculo, no son tantos.

Pienso en los peluqueros que he conocido, lenguaraces, discretos, diestros sin excepción. Siempre hay algo que queda sin conocer de ellos, algo que se te escapa. Algunos estarán muertos, al otro lado del espejo. Otros, ya jubilados, podarán setos melancólicamente, visitando en sueños los locales donde ha transcurrido su vida, invadidos por mechones que ya nadie barre. Su oficio perdurará, hay una arcaica intimidad en ese humilde servicio que nos prestan, algo que difícilmente puede ser mecanizado. Es mucho lo que nos dan. Te dejan guapo -a veces has logrado besar a la mujer que te gustaba tras pasar por sus manos-, te ofrecen unos minutos de paz. Hay algo sacramental, un modesto remedo de resurrección, esa frase hecha mientras te cepillan los hombros: vaya peso que me has quitado de encima. Pagas y sales como nuevo a la bulla y a la luz de las calles, ligero, jovial, con ganas de silbar, el fresquete en la cara limpia, mirándote en los cristales de los escaparates, creyendo en la posibilidad de la alegría y en las segundas oportunidades.

floid

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