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«Chevalier» John Taylor (1703–1772), cirujano, mujeriego y autoproclamado “Ophthalmiater Royal” (sic), recorrió durante años los pueblos y ciudades de Europa, pomposo y novelesco, a bordo de un carruaje decorado con imágenes de ojos y un lema escrito en un latín asilvestrado: “Qui dat videre dat vivere”.

Maestro de la autopromoción, «In Optics, Expertissimus!», se jactaba de haber tratado al rey Jorge II, al Papa y a Edward Gibbon, entre otros ilustres contemporáneos[1]. El siglo abundó en ese tipo de viajeros tunantes que, precedidos por su fama, ponían en movimiento a policías e informadores en cada ciudad que los veía aparecer.

Fueron célebres sus alardes oratorios antes de cada operación. La cirugía no era entonces un acto íntimo. John Taylor introducía leznas en los ojos de sus clientes en presencia de un público ávido, de estómagos fuertes. Más allá de la publicidad veo en esos recursos de actor una argucia hipnótica para insensibilizar a los presentes y al propio paciente, para introducirlos al espectáculo atroz que seguiría. También una manera de darse ánimos.

Una anónima ópera bufa , The Operator (1740), le ridiculizó y Samuel Johnson le dedica unas palabras poco amables: «an instance of how far impudence will carry ignorance». A pesar de publicar en su juventud un libro sobre su especialidad, John Taylor no ha pasado a la historia de la medicina pero sí a la de la torpeza y la infamia. Si se le recuerda hoy es por ser el matasanos que dejó ciegos a Bach y a Haendel.

A Bach lo operó de cataratas y pese a lo que sostiene en sus memorias –“I have, at Leipsick (Leipzig), seen a celebrated master of music… who received his sight by my hands”- una segunda operación para enmendar el desastre de la primera lo dejó completamente ciego y el buen Kantor no volvió a levantar cabeza. El Contrapunctus XIV  de El Arte de la Fuga se quedó sin terminar, para siempre varado en cuatro notas que deletreaban su nombre.

Una poesía publicada en el London Chonicle es uno de las pocas pruebas de que disponemos de su encuentro con Haendel. En ella Euterpe convoca a Apolo y a Esculapio “to help the blind Handel”, pero Apolo dice que no hace falta que aparezca Esculapio ya que Taylor se encargará del asunto. Creo que podemos abrigar alguna sospecha sobre quién pudo estar tras la publicación de tan cuca efusión lírica. Haendel tuvo más suerte, ninguna infección acabó con él y pudo arrastrar su ceguera durante ocho años.

Todo esto es muy llamativo, pero se queda en un guiño anecdótico del azar cuando uno piensa en los abismos de una vida así.

John Taylor viajaba y operaba ojos. Hay algo esencialmente siniestro en ello, algo que lo emparenta con el Hombre de Arena de E.T.A. Hoffmann y su saco repleto de globos oculares. Estrabismo, cataratas y defectos del párpado, todo lo solucionaba con igual desparpajo.

Para las cataratas el Chevalier era un decidido defensor de una antiquísima técnica que él habría llevado a las más altas cotas de excelencia. Aunque ya la técnica extracapsular del francés Daviel empezaba a imponerse, él siguió cultivando la vieja tradición. En tiempos previos a la anestesia, una copa de vino, láudano y correas de sujeción permiten al diestro cirujano hacer una incisión en la córnea, desgarrar la catarata y esconder los pedazos en el humor vítreo, lejos del eje de la pupila. Luego se aplicará sobre el ojo bálsamo del Perú rebajado, antes de cubrir con vendas. Según los casos recomendaría cataplasmas de cassia, fomentos de alheña, sangre de pichón, azúcar molido, sal tostada, pequeñas dosis de mercurio… El procedimiento no carecía de sentido pero los ojos acababan sucumbiendo a tremendas infecciones, aunque para entonces él ya estaba lejos, en busca de nuevos enfermos. En sus memorias confiesa haber dejado ciegos a cientos de pacientes, como parte de su aprendizaje juvenil.

Representación, carnicería y fuga. Esa es toda la huella de su paso por el mundo, una mezcla de ridículo y espanto, un vértigo de vanidad y vileza. Se dice, bien podría ser un añadido moralizante, que pasó los últimos años de su vida en medio de una ceguera total. Luego el olvido.

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[1] Su biografía se anuncia profusamente como “History of the Travels and Adventures of the Chevalier John Taylor, Ophthalmiater; Pontifical-Imperial and Royal–The Kings of Poland, Denmark, Sweden, The Electors of the Holy Empire– The Princes of Saxegotha, Mecklenberg, Anspach, Brunswick, Parme, Modena, Zerbst, Loraine, Saxony, Hesse Cassel, Holstein, Salsborg, Baviere, Liege, Bareith, Georgia, &c. Pr. in Opt. C. of Rom. M.D.-C.D.–Author of 45 Works in different languages: the produce of upwards of thirty Years, of the greatest Practice in the Cure of distempered Eyes, of any in the Age we live–Who has been in every Court, Kingdom, Province, State, City, and Town of the least Consideration in all Europe, without exception. Written by Himself. Introduced by an humble Appeal, of the Author to the Sovereigns of Europe. Addressed to his only Son.