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Soy agnóstico incurable, lo que quizás signifique que soy un ateo sin cojones. No deja nunca de asombrarme que en los mismos días en que la tierra empieza a despertar, exhalando una promesa de renovación y juventud, en plena floración de la carne y sus potencias, se celebren las grandes fiestas del dolor y la muerte, de todo lo terrible y problemático, aquello de lo que nadie quiere hablar.

Me mantengo siempre al margen hasta el punto en que esto sea posible en ciudades literalmente invadidas, ajeno a las líricas zalamerías de sacristía del mundo cofrade, a su sensibilidad reciamente kitsch. No ignoro lo que tienen de banalidad, ni su condición abusiva de inapelable, anacrónico coñazo, pero me puede, lo admito, la actitud estética. Por eso cuando alguien me viene con que las extrañas, bárbaras, costumbres de esta semana (naves de oro y cera encendida de abejas cabeceando incongruentes por los callejones, incienso, lágrimas negras, sangre coagulada y flores) son únicamente una muestra prescindible de ignorancia y de superstición, no puedo por menos que esbozar una sonrisa y darle a mi interlocutor un palmadita mental en el hombro.

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