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Avec le temps, va, tout s’en va
On oublie le visage et l’on oublie la voix
Léo Ferré

Ya no era capaz de contar las noches que ella le había invitado a pasar en aquella habitación. Podía descifrar las fotos de familia repartidas por aquí y por allá, las caras empezaban a tener nombres e historias detrás, algunas realmente divertidas, buenas de verdad. Dramas también, claro. Qué insulsos, decepcionantes le parecían en comparación sus propios parientes. Y cada objeto con su enigma y su función. El tierno desorden, sus libros en otros idiomas, sábanas, entradas de conciertos, velas perfumadas, cuencos de madera con lavanda y reseda, ceniceros, tarros de cremas, partituras, medicinas, que le hablaban ya con la voz de lo acostumbrado.

Fuera, bajo un cielo duro con estrellas, se helaban los charcos. Ella había encendido un radiador. Entreabrió la puerta de un armario viejo para mirarse de cuerpo entero. Había salido de compras, luego quedaron y recorrieron varios bares cargando con las bolsas, ella pagaba. Fue al desvestirse cuando él se dio cuenta de lo que bebieron. Se dejó caer sobre la cama mientras la miraba sacar la ropa que había adquirido.

Todo le sentaba maravillosamente, se conocía bien. Aquellos pequeños trozos de tela de aspecto indiferenciado se convertían en algo irrefutable al adaptarse a su forma. Uno tras otro se los probaba, diferentes versiones de ella, diferentes posibilidades de felicidad en largos días por venir sin frío y sin lluvia. Un ligero vestido la envolvió en una gracia sencilla, una forma de inocencia que hasta ahora no le había conocido; doraba anticipadamente sus hombros, sugería pasos descalzos junto al mar, mostraba la caída esplendida de una nuca besada por otros labios en otros veranos.

Se miraba al espejo, enjuiciaba, le preguntaba. Se ajustaba unos pantalones y se miraba el culo de puntillas, complacida al comprobar como resistía los ataques del tiempo. Le gustaba su expresión ensimismada mientras se paseaba de un lado al otro de la habitación para sacar más prendas de las bolsas, el pecho desnudo. Se sujetaba el pelo o se lo soltaba sacudiendo la cabeza, en el aire el olor de las flores secas y de su carne. Nunca la quiso más que en aquel íntimo arrobamiento en que se entregaba a sí misma, al don de su belleza, a la promesa de días futuros, días sin él. Sonreía ante su imagen, ajena por un momento a la angustia árida de la jornada, a aquel cuarto que siempre sentiría provisional, a aquel muchacho demasiado joven que la miraba sin aliento en el fondo del espejo, incapaz de interpretar todas las señales que ya habían anunciado su salida de aquel mundo.

No volvió nunca a dormir allí. Le costó aceptarlo, quería entender. No sabía aún que nunca hay nada que entender y que no hay cosa más común y carente de misterio que aquellos estallidos de desesperación y desconsuelo que lo afligían. Pasó el invierno y el sol impuso su ley benigna en el mundo. Llegó a ser capaz de recordar sin precisión y sin amargura. Sólo, muy de vez en cuando, algo que no llegaba a ser dolor, una mordedura de melancolía cuando pensaba cómo le gustaría ser el desconocido que ahora en algún lugar la vería caminar con aquel vestido nuevo, que el viento hincha apenas al tomarla por la cintura.

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Edward Munch. “Mujer en un interior”

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