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Hace un par de semanas, a raíz de la violación en un parque sevillano de una mujer, inconsciente por sobredosis de pastillas, proliferó por las redes una solemne, enfática exageración, repetida como un mantra, con abundancia de mayúsculas, según la cual individuos así no son unos monstruos sino sanos hijos del patriarcado.

Opinan los seguidores de esta línea de pensamiento que sin excepción somos sometidos desde muy pequeños a una férrea programación mental, cortesía del sistema patriarcal y de la que no podemos escapar. El machismo, como un pecado original, anida desde el principio en nuestra mente. No hace falta ser un experto en lógica formal para averiguar la conclusión del silogismo: todos los varones seríamos entonces potencialmente capaces en algún momento de nuestras vidas de perpetrar una violación o un acto de brutalidad contra la mujer.

Para estos deterministas, que harían ruborizarse al mismo Lombroso, la profusión de micromachismos –inventariados con minuciosidad jesuítica- en los que fatalmente incurrimos a lo largo de cada día es una prueba irrefutable de sus tesis. Se ha hecho popular la didáctica imagen de un iceberg, en el que los micromachismos sumergidos serían el origen invisible de futuras violencias. Es el mismo discurso tras la vieja, reaccionaria, despavorida teoría de la espiral de la droga: se empieza fumando un porro y acaba uno ametrallando rehenes en un asalto a un banco, se empieza comprando un pijama rosa a tu hija o diciéndole que es muy guapa y acabas descerrajándole un tiro a tu compañera sentimental.

Por esas fechas se jaleó a base de bien una entrada en un blog de ponderadas indagaciones fenomenológicas sobre el machismo, que alguien firma con el seudónimo de Barbijaputa. La influyente autora manifestaba sin ambages su indignación cuando tras acusaciones de ese calibre algunos varones tímidamente respondemos que bueno, que no todos los hombres somos iguales. Según Barbijaputa y, al parecer, según un nutrido número de mujeres y hombres, semejante afirmación es inconveniente, inoportuna, desconsiderada, delata al machista vergonzante que la profiere y además le hace cómplice de la carnicería que los hombres llevan perpetrando contra las mujeres desde el principio de los tiempos.

Cada vez que un comando integrista perpetra un atentado, todos nos apresuramos a puntualizar que los asesinos no representan al Islam, que millones de mujeres y hombres que profesan dicha religión detestan la violencia. Semejante actitud no sólo está bien vista sino que pensar lo contrario sería justamente considerado una inadmisible generalización, un despreciable prejuicio. Así que, sin condescendencia, sin consignas y, sobre todo, sin mayúsculas, rogaría que alguien me explicara el porqué de este doble rasero.

Le_faune_1923

Carlos Schwabe. “Le Faune”(1923)

 

 

 

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