Etiquetas

,

Creo que veremos desaparecer las monedas. Antiguas como la rueda o el vino, un obstinado arcaísmo en la oscuridad de nuestros bolsillos. Anticipo una oleada de nostalgia cuando esto ocurra. Se echarán de menos por analógicas, por humanas, ¡por naturales! Se hablará con afecto de su tacto y de su olor.

*  *  *  *  *  *  *

Pequeños discos de aleaciones de metal, decorados con emblemas del poder, les debemos los retratos de cientos de tiranos. ¿Qué extraño, melifluo gozo se guardaría para sí alguien como Franco al ver en las monedas, irradiando eternidad, su rostro de clase media? Las monedas de oro de los cuentos infantiles, imagen del mismo sol, también las monedas con que las manos encallecidas pagaban en los mostradores su vinazo necesario.

*  *  *  *  *  *  *

Recuerdo el proceso de incapacitación civil de mi madre. Yo, en calidad de tutor, aportaba la documentación médica y había oído que el tribunal podría de oficio interesar la práctica de las pruebas que considerara convenientes. Lo que no me esperaba es que la jueza se hurgara los bolsillos y colocara algo de calderilla sobre la mesa. A continuación invitó a mi madre a contarla. Mi madre, en cuyas manos probablemente vi las primeras monedas (sí, hasta para eso hay una primera vez) se comportó ante ellas como lo hubiera hecho mi gato. No hubo más preguntas, aquello bastaba para certificar el naufragio.

*  *  *  *  *  *  *

Pese a su actual condición menoscabada, meramente residual, de redondeo, fueron en el principio el catalizador de viajes, intercambios, fertilizaciones. Nos guste o no fundan la civilización. Detrás de su gris aparición sin épica están Bach y las sondas espaciales, ya enmudecidas, atravesando para siempre el vacío interestelar. También formas incesantes del crimen y la malignidad.

*  *  *  *  *  *  *

Se las asocia con lo demoniaco. Treinta piezas de plata son el precio de la negra traición necesaria para el violentísimo sacrificio humano que fue durante siglos mito central en nuestra psique occidental. De pequeño se te enseña que debes lavarte las manos después de tocar el dinero. Hay en ello un escrúpulo moral y el miedo a un rasgo casi mágico: su carácter fungible, líquido. Está en su propia naturaleza la impermanencia, el pasar de mano en mano.

Las monedas saltan de vida en vida a lo largo de vastas migraciones. Ese euro eslovaco en la palma de tu mano ha viajado en los bolsos o los pantalones de cientos de personas, acompañándolas en algún instante preciso de sus vidas. Ha estado presente en momentos de aburrimiento o de infamia, de belleza convulsa o de tranquila desesperación.

Pueden no cumplir su destino viajero y quedar para siempre varadas entre las raíces de un arbusto, debajo de un sofá, en el fondo de un cajón o en el lecho de un río. Pero es destino triste y raro, lo habitual es que la moneda con la que compras una barra de pan haya podido pasar por las manos de un asesino, de alguien que dentro de unos años dará con la teoría unificada del todo, de mujeres de las que hubieras podido enamorarte, por las manos torpes, pegajosas de un niño (y el calor de ese tesoro en su mano es su goce y su alegría), por los cepillos de las iglesias, los pinball, las bandejas de las propinas, las expendedoras de tabaco, por aquellas máquinas que en los bares transformaban cada moneda en una canción, por los gorros grasientos de los mendigos, por los dedos nudosos de la buena anciana, alguna vez besados con desmayo y que ahora tiemblan ansiosos rebuscando en el monedero humilde. Puede cerrar el círculo y regresar alguna vez a ti, muchos años más viejo, puede incluso acabar en el bolsillo del conductor de autobús que podría en un futuro atropellarte porque no te fijas en nada y caminas por la calle pensando en tus cosas. En ese día inconcebible, no faltarán, fieles, melancólicas, algunas monedas entre tus efectos personales.

Quentin_Massys_001

Quentin Massys. “El cambista y su mujer” (1514) (detalle)

Anuncios