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El sueño aún ocupa las calles. En cada planta de cada fachada, tras las ventanas negras, todos siguen durmiendo. Canta algún pájaro que sabe de la inminencia del día. Unos pocos hombres y mujeres, la sal de la tierra, caminan aturdidos por las aceras vacías. Los maniquís de los escaparates los ven pasar. Empiezan a ocupar los transportes públicos, luchando por librarse del cansancio y del frío, desprendiéndose aún de los últimos jirones de inconsciencia. También está el crápula que nada contra la corriente del tiempo o el que lleva todavía bajo sus ropas el calor, los tiernos fluidos de otro cuerpo. A la misma hora del gallo, las persianas de las cafeterías crujen y chirrían al alzarse, anuncian el nacimiento diario de la realidad.

Los primeros clientes acuden a la luz de esos lugares hospitalarios. Hasta el más hosco camarero adquiere rasgos maternales al dispensarnos las pequeñas cosas que nos son necesarias y que nunca defraudan. Hay a esas horas una sensación litúrgica. Los espejos, las superficies de mármol y acero inoxidable, el tintineo de la loza, la palidez de las muchachas acatarradas tras la barra, moviéndose entre el vapor de las máquinas y los olores joviales de los primeros recuerdos: el café, el cacao, la mantequilla, el pan tostado, el sabor de las mermeladas y el aceite. Una voz que suena en la radio y que es siempre la misma y dice las mismas palabras que siempre han sido. Lugares donde nunca va a pasar nada, islas de módica eternidad donde hay un acuerdo perfecto entre el deseo y el mundo. Cuando salimos levantándonos las solapas el cielo empieza a clarear, dentro de unos minutos las calles se llenarán de niños.

Las VEgas

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