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Hace apenas un mes las centenarias, anorgásmicas páginas del ABC recogían la siguiente efusión sombría de un columnista:

“No perdonan ni la inocencia de los niños. El proyecto leninista es un designio totalitario de ingeniería social que pretende encajar todas las relaciones humanas en la uniformidad de un marco ideológico. En ese empeño no caben excepciones, y mucho menos las relativas a mitos simbólicos o sentimentales que puedan determinar espacios íntimos de libertad fuera del control del pensamiento hegemónico (…) Asaltar incluso los recónditos pliegues de la imaginación, modificar la sustancia etérea de los más inocentes espejismos. Implantar la cuota de ideología hasta en las candorosas liturgias de la niñez. Prohibir, y en su defecto reconducir, organizar o intervenir los sueños”.

Desmelenado desahogo a cuento de la cabalgata de Reyes organizada por el ayuntamiento de Madrid, que tengo la impresión de que no debió agradar al fogoso autor del artículo. Hace unos pocos días y en las progresistas e irrefutablemente molantes páginas de eldiario.es otro periodista aportaba su jeremiada ante la –sin duda inadmisible- detención de dos titiriteros en Madrid con motivo de un espectáculo de marionetas de recia vocación pedagógica.

“Ninguno de los principales partidos con representación en el Congreso condenó de manera rápida y contundente el atropello perpetrado por la Fiscalía y el juez Ismael Moreno. Y eso que estábamos ante una escalada contra las libertades arbitraria y surrealista, propia de una novela de Kafka o de los años más negros del estalinismo”.

El hecho fácilmente constatable de que los muertos por represión política en los tiempos de Iósif Vissariónovich (Koba, para los amigos) se cuenten en magnitudes de siete dígitos (aun en las estimaciones más templadas) no es algo que detenga a un español indignado a la hora de darse el gusto de establecer un paralelismo.

Ambos constituyen tan sólo una muestra de entre las muchas que podríamos encontrar a diario en esa reyerta a navajazos en que se ha transformado buena parte de la opinión política de nuestro país. Los lectores de cada cuerda aplaudirán uno de ambos artículos por estar cargado de verdades como puños (“¡cuánta verdad!” es el lema con el que suelen jalearse estas cosas en las redes) y encontrarán risible o canallesco el otro. Afearle las formas a los de tu tribu es visto como algo banal y cominero, mera puñetería de aguafiestas (¡con la que está cayendo!) cuando no como una traición. Estamos en una guerra y todo lo que no aniquila al enemigo nos debilita.

El uso de un doble rasero moral lo compartimos con el género humano en general, eso no tiene remedio. Pero hay un gusto por la expresión desaforada de las convicciones que pienso que es muy nuestro y que me parece ante todo un vicio retórico.

De joven, con el fácil desparpajo que te dan la condición de diletante y la ignorancia, una mirada superficial a las temáticas de nuestra literatura me hacía pensar que el costumbrismo era el género español por excelencia. Poco dados a decadentes refinamientos o vuelos puros de la imaginación, un sobrio y garbancero realismo sería nuestra principal seña de identidad.

Gran error. Somos un pueblo de severos moralistas y por tanto tenemos una relación conflictiva con la realidad, habitamos un mundo distorsionado, solipsista y no pocas veces paranoico. Limitarnos a mostrar, a pasear como Stendhal un espejo por el camino es algo superior a nuestras fuerzas, ¡necesitamos juzgar! Y a ser posible a grito pelado.

La buena noticia es que la precisión, el distanciamiento, el don de captar el matiz, la finura psicológica, esa forma de mesura que llamamos objetividad, son una cuestión de gusto y el gusto es algo que se educa.

Por lo tanto igual no sería mala idea intervenir en los planes de estudios de literatura. Arremeter contra con la hipérbole y sus prestigios, dejar de bombardear a los niños con el hombre a una nariz pegado, inculcarles un higiénico horror ante las ínclitas razas ubérrimas, liarnos a pedradas con los putos espejos del callejón del Gato. Tendríamos así una literatura más aburrida, pero a lo mejor un país más respirable. Al fin y al cabo la literatura, como Platón ya sabía, igual no es tan importante.

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Leonardo Alenza. “Sátira del suicidio romántico” (1839)

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