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Una noticia aparecía anteayer en la prensa: “Dos detenidos por apología del terrorismo en unos títeres del Carnaval”. El texto de la noticia abundaba en despavoridos detalles de esos que le hacen a uno arquear una ceja. Según los redactores, muchos de los padres que asistían con sus hijos a un espectáculo de títeres organizado en Madrid por la compañía “Títeres desde Abajo” se sintieron escandalizados ante algunas de la escenas, a saber: una incitación a la ocupación de casas, el ahorcamiento de un juez, ¡la crucifixión de una monja! (o violación, según las fuentes), el apuñalamiento de una mujer embarazada y finalmente el “despliegue de una pancarta a favor de ETA” que sería lo que finalmente hizo que algunos de ellos llamaran a la policía, que procedió a la suspensión del espectáculo y a la detención de sus responsables bajo la acusación de enaltecimiento del terrorismo.

La verdad es que me pareció excesivo, incluso para la agreste y chiripitifláutica Weltanschauung de ciertos titiriteros marchosos. Así que me documenté en otras fuentes y, de momento, me enteré de que la pancarta era desplegada dentro de la ficción (una pancarta diegética, por así decirlo), cuando un torvo policía la colocaba sobre el cuerpo inconsciente de la protagonista para incriminarla mediante un montaje policial falso. La pancarta rezaba “Gora Alka Eta”, donde Alka no significa nada, tratándose sólo de un juego de palabras, manifiestamente mejorable, con Al Qaeda. La mayoría de los medios y los comentarios no mencionan este dato, que me parece relevante.

Así las cosas la detención no ha lugar. No hay enaltecimiento del terrorismo, no hay por tanto delito. Puedo hasta entender que un ayuntamiento en tensión permanente entre las vistosas ocurrencias de algunos de sus miembros y los ataques en masa de los muchachos de la caverna mediática, sobreactúe nerviosamente, pero no me parece –con los datos que conozco- razonable la actitud del juez de la Audiencia, que ha decretado prisión incondicional.

Me suelo tomar muy en serio la libertad de expresión, hasta el punto de que tengo frecuentes dudas sobre el mismo tipo penal de enaltecimiento del terrorismo. Creo que la opinión no delinque, aunque no ignoro que los límites entre la mera opinión y la incitación al crimen son a veces dudosos. Aviso también que tengo la costumbre de aplicar dicho criterio en ambas direcciones, ya que veo que muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras por el encarcelamiento de estos raconteurs metidos a pedagogos políticos hace unos días pedían la cárcel para el grupo de tarados malfollados de la asociación ultramachista “Return of the Kings”. La libertad de expresión ampara las ideas que nos gustan y también las que no nos gustan.

Una vez dejado esto bien claro, espero poder hacer algunos comentarios sobre el montaje en sí, cuyo desenfadado título es “La Bruja y Don Cristóbal. A cada cerdo le llega su San Martín”. Sus defensores subrayan su carácter satírico, irónico. El recurso a la sátira es algo muy socorrido, porque bajo su prestigioso manto caben las ingeniosas maldades de Swift o Quevedo, la humanísima ternura cervantina o la reciente alusión a la lupara siciliana del pirómano Jiménez Losantos.

Ironía es lo que Borges hizo en los años treinta reseñando un libelo antisemita alemán publicado en Buenos Aires. Argüía que como en la Alemania del momento estaba prohibido el ejercicio de la crítica, se limitaría a describir puntualmente lo que en el libro aparecía. Lo vociferado en tales páginas era tan grotesco que todo comentario resultaba superfluo. Salvando las distancias entre Borges y yo mismo y entre los desalmados autores de aquel panfleto y los cabecitas locas que han parido esta pieza, podríamos hacer algo parecido recurriendo a las propias palabras contenidas en un documento de apoyo a los presos hecho público por la CNT granadina, a la cual estaría vinculado uno de ellos.

«La obra está protagonizada por una bruja, que representa a las personas de mala fama pública, y que se ve en la situación de enfrentarse a los cuatro poderes que rige la sociedad, esto es: la Propiedad, la Religión, la Fuerza del Estado y la Ley. La protagonista está en su casa, y, en primer lugar, su vida es interrumpida por la aparición del “Propietario”, que resulta ser el legítimo poseedor legal de la casa donde vive. No existen monjas violadas; bajo la forma de los muñecos, los adultos podemos comprobar que el propietario decide aprovecharse de la situación para violar a la bruja; en el forjeceo, la bruja mata al propietario. Pero queda embarazada, y nace un niño. Es entonces cuando aparece la segunda figura: una monja, que encarna la Religión. La monja quiere llevarse al niño, pero encuentra resistencia en la bruja, y en el enfrentamiento, la monja muere. Es entonces cuando aparece el Policía, que representa la Fuerza del Estado, y golpea a la bruja hasta dejarla inconsciente, y tras ello, construye un montaje policial para acusarla ante la Ley, colocando una pancarta de “Gora Alka-ETA” sobre su cuerpo, que intenta mantener en pie para realizar la foto, como prueba. A partir de este montaje policial, surge la cuarta figura, que es la del Juez, que acusa, y condena a muerte, a la protagonista, sacando una horca. La bruja se las arregla para engañar al juez, que mete la cabeza en su propia soga, y la aprovecha para ahorcarle, para salvar su propia vida. El relato continúa algo más, pero esta es la esencia de lo que transcurre, y donde se encuentra toda la polémica».

“El relato continúa algo más”, aseguran, pero creo que lo pillamos, ¿no?

Más que ironía lo que veo es un didactismo estruendoso y mucho trazo grueso. Si verdaderamente no está destinado a un público infantil resulta ofensivo que a un adulto se le trate con semejante nivel de esquematismo. Si está dirigido a un público infantil me parece un exceso manifiesto de adoctrinamiento. Siempre adoctrinamos a los niños, qué duda cabe, pero en este caso se trata de una función pagada con dinero público y que va dirigida por tanto a todo el mundo, tanto a los votantes de un signo como a los de otro. No me parece por tanto adecuado que la obra predique de semejante manera en una dirección muy concreta.

No se me escapa que todo arte es político, la mera decisión de no comprometerse políticamente es una toma de posición ideológica, pero es que esta obra no se limita a proponer una visión del mundo, sino que es de un maniqueísmo risible, que la emparenta con celebres obras de propaganda como “El Judio Süss”, “Raza” o “El inolvidable año 1919”, y desprende ese zafio aroma de lo totalitario, que siempre ha gustado de emplear para sus fines –envileciéndola- la visión algo simplista presente en las robustas gracias populares, la sana risa del Pueblo.

No querría dejar pasar la oportunidad de comentar la brillante idea de inculcar en los niños la idea de que los policías suelen por principio diseminar pruebas falsas para acusar a aquellos que desean encarcelar. Esto me hace recordar otro pequeño escándalo no hace mucho con motivo de la publicación de un cuento infantil en que se encontraban perlas como «No me gustan. Los policías son brutos. Y vocean» o «te hablan siempre desde arriba, con las manos puestas en la cintura, allí donde tienen las pistolas. Y parece que siempre están enfadados, y tienen esposas y meten en la cárcel». Sin duda que llegará un momento en la vida en que el adolescente se replantee los límites del monopolio estatal de la violencia y no cabe excluir que el rito iniciático de una hostia indiscriminada de un antidisturbios le aclare un poco las ideas al respecto. Pero tiendo a pensar que a un niño de cinco años lo que hay que decirle es que la policía mola y que la policía es tu amiguita, ¿saben por qué?, porque cuando un niño se pierda o tenga algún problema me parece adecuado que si se encuentra con uno se aferre a él en busca de ayuda en vez de confiar en ese señor tan simpático que baja la ventanilla del coche y te ofrece caramelos. Sólo por eso.

Se me objetará –y bien objetado está- que sin ir más lejos las películas de Disney suponían también ejercicios de adoctrinamiento para los más pequeños. Inolvidable a tal efecto la exégesis que el profesor Monedero nos brindó en su momento y que está disponible en YouTube para esparcimiento y edificación de cualquiera. Yo, al contrario, creo que a pesar de todo aquellas películas nos inculcaron una serie valores indiscutiblemente de izquierdas como que los pobres molan más que los ricos –aburridos y egoístas- , que uno no debe guiarse por los prejuicios de la sociedad y debe tener el valor de ir contracorriente y que el racismo es feo de cojones.

Una amiga recientemente me comentaba cómo le molestaba que “Inside Out”, la película de los estudios Pixar, vendiera a los niños como única zona de confort deseable el modelo de familia heteropatriarcal. Yo intentaba explicarle que sí, que puede, pero que quizás no sea buena idea leerle Cioran, Pessoa o Beckett a un niño antes de acostarse. Que hay desoladoras verdades (la familia es un nido de neurosis, los malos suelen ganar, el esfuerzo y la honradez pueden no ser recompensados, los sueños no siempre se cumplen, el amor es una forma de autoengaño, la entropía acabará con tu perrito y contigo y con todo lo que quieres y hasta con su recuerdo etc…) que ya tendrán tiempo de aprender. Tampoco hay prisa.

Así que yo también levanto mi voz como el que más para que estos hombres salgan de una cárcel en la que nunca debieran haber ingresado. Pero, por favor, también hago votos para que abandonen el mundo del espectáculo y encuentren solaz en actividades como el pastoreo o la manufactura de alfarería popular, por citar dos actividades que supongo serán de su agrado.

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