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Agamenón fue un personaje creado en 1961 por Nené Estivill. Mozo hirsuto, cerril, de gran rusticidad, decía “ridiela” y “monicipio” y en sus aventuras no era raro que acabara corrido a garrotazos por sus recios conciudadanos mientras su abuela jocosamente sentenciaba: “igualico, igualico que el defunto de su agüelico”. Era el Cateto platónico, la imagen de una España en vías de extinción, una España de porrón, tranca, pana y moscas, que todavía gozó de una prórroga en el imaginario colectivo con las gracietas del agropop, despidiéndose a lo grande a principios de los noventa con los montaraces, truculentos sucesos de Puerto Hurraco, como el estallido final de una supernova cejijunta. En el siglo XXI ha sido reemplazada por la figura del cani, recién duchada, tuneada, hiperactiva y sensual, pero de una estulticia no menos insondable y letal, que bulle infatigable por los platós de televisión, que heredará la tierra y para la que pienso -en los malos días- que nunca dejaremos de trabajar los guionistas.

En realidad lo que yo quería decir es que este asilvestrado personaje me jodió a Homero. Que ya es joder. Cada vez que caía en mis manos la Ilíada o la Odisea y se mencionaba al átrida Agamenón, se borraban momentáneamente la serie de visiones estatuarias y un poco gays de la epopeya e irrumpía el obtuso, bondadoso, rotundamente heterosexual gañán, mandando al carajo a dioses, guerreros y hexámetros, a lo apolíneo y lo dionisiaco, dejándome irremediablemente menoscabado el sentido de la épica. Semejante interferencia de lo bufonesco con lo sublime es algo que marca mucho y que empiezo a ver como un importante trauma fundacional que explicaría muchas de las cosas que me pasan y muchas de mis taras y limitaciones. Parece que Estivill, fallecido en el año 2011, era un buen tipo.

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