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Siguiendo una de esas queridas rutinas un poco ingenuas que miden y alegran el paso de los años, me hice el pasado ocho de enero con Blackstar, el disco recién publicado de David Bowie y, como tantas otras veces, lo escuché del tirón, experimentando ese feliz acuerdo entre lo familiar y lo nuevo que recompensa al fan recalcitrante. Ninguno de sus discos entregaba todos sus secretos a la primera, podían incluso decepcionar, pero con cuánta atención eran estudiados esa primera vez, con qué oído afectuoso rastreaba sus triquiñuelas de embaucador, intentaba entender sus decisiones a veces desconcertantes, descubría los guiños a su propio pasado o agradecía sus golpes de genio, esos momentos en los que el consumado profesional desplegaba su magia. Puedo recordar perfectamente cada uno de esos primeros encuentros, en torno a cada álbum podría recomponer la memoria de épocas perdidas de mi vida. Es algo que ya no volverá a pasar, algo que he perdido.

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La caja del cd sigue todavía encima de una mesa en el salón de mi casa. Si antes me parecía misteriosa y elegante, ahora la estrella negra ha adquirido una dimensión funesta, se ha transformado en un objeto perturbador, irradia mortalidad.

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La muerte, que solía planear como recurso melodramático sobre las canciones de Bowie, se hace ya omnipresente en su etapa de madurez. Desde la tontuna accionista del por lo demás magnífico Outside, hasta los climas sombríos de Heathen o The Next Day, pasando por aquel memento mori, Bring me the disco king, que cerraba el álbum Reality:

Close me in the dark, let me disappear
Soon there’ll be nothing left of me
Nothing left to release

Hay una diferencia esencial en el caso de Blackstar, la muerte no aparece ya como una mera posibilidad, sino como una certeza. Gustav Mahler documentó a lo largo de sus tres últimas obras el proceso entero de su acabamiento. Bowie, maestro constante de la autorepresentación, no podía dejar de poner en escena su propia agonía. Todos de este modo nos hemos visto obligados a hacer en el intervalo de unos pocos días dos lecturas sucesivas de su último disco. En una un Bowie en plena forma explora nuevas posibilidades sonoras, anticipando futuras sorpresas, en la otra alguien al límite de sus fuerzas nos ofrece una sucinta despedida que pasa del espanto a la serenidad final. No recuerdo un caso semejante.

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Hace no tanto estuve comparando dos conciertos suyos, separados por veinte años. El uno perteneciente al Serious Moonlight Tour del año 1983, el segundo al A Reality Tour de 2003, la última gira antes de que una enfermedad coronaria lo retirara de los escenarios y de la atención pública. Hay mucho que reprochar a la reencarnación de Bowie en la época de Let’s Dance, resumen de todos los errores éticos y estéticos de los ochenta. Unos arreglos –aunque vigorosos- que gritan AOR, una colorida, deportiva, banalidad, una escenografía ciertamente kitsch con ecos de Las Vegas, ¡ese pelo rubio cardado! Y sin embargo, a esas alturas su carisma de estrella seguía intacto. Conservaba aún algo remoto, extraño, disfuncional. El Bowie del 2004 es la evolución final de un proceso iniciado en ese 1983; ya no es Bowie sino David Jones, un veterano entertainer, cercano, profesional, deseoso de caer bien. La serie de personajes conocida por Bowie en los setenta (elfo, furcia sideral, vampyr, replicante) jamás se hubiera planteado caer bien. No se esforzaba por molar, simplemente molaba. No siendo de este mundo, poseía grandes reservas de misterio, había una frialdad y una amenaza.

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Es lugar común entre la crítica que a partir de 1980 y Scary Monsters Bowie ya ha dicho cuanto tenía que decir y que el resto de su producción es significativamente inferior, irrelevante. No es una acusación del todo justa. No puedes ser tremendamente influyente toda tu vida. No puedes estar siempre encontrando la vena del espíritu del tiempo. Ni Picasso, ni Stravinsky pudieron, no le pidan tanto a una simple rock star.

The Next Day no puede volverte la cabeza del revés como lo hizo Aladdin Sane porque desde entonces han ocurrido muchísimas cosas en el mundo del espectáculo, entre ellas el paso de David Bowie. El Bowie de los vestiditos, probablemente uno de los modelos masculinos más fotografiados de la historia, no deja de ser uno de los fundadores del orden hipervisual, del puro artificio de buena parte de la cultura popular del momento.

Objetivamente, Bowie siguió componiendo excelentes canciones hasta el final, pero las del repertorio clásico vienen impregnadas de recuerdos de aquellos años de descubrimiento, de los grandes afectos de la juventud. Tener dieciocho años y escuchar el Low, supera eso. Los temas actuales no tienen relato, no hay una mitología personal.

Sin confesárnoslo no le perdonamos que, como nosotros, se hubiera hecho mayor. Nosotros habíamos cambiado también, de repente nos parecía menos fascinante y un poco menos genial de lo que creíamos. Ahora veíamos a un señor encantador –lo digo sin ironía, lo era- pero ligeramente snob. Un millonario del SoHo, una fashion victim dada a frecuentar con igual denuedo las portadas del Hello! y las galerías de arte.

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¿Por qué lo quisimos tanto, “some brave Apollo”? ¿Qué era aquello?, ¿cuál era la naturaleza de aquel secreto que creíamos compartir unos happy few, el culto a una figura frágil, andrógina, de voz doble?, ¿por qué nos conmueve el recuerdo de aquella idolatría? Había en nosotros una tierna arrogancia, sabernos devotos de una música rara y extraordinaria, también la desesperada huída adolescente ante la realidad. Nos educó el gusto con cierta sofisticada perversidad, nos hizo hedonistas y a la vez nos hizo adorar lo complejo, nos abrió puertas, el placer por el artificio nos volvió suavemente escépticos, mejores. Amamos un icono que era siempre el mismo y siempre otro, como una promesa de que todo podríamos hacerlo y lo haríamos de la manera más bella, de que no había que elegir, que la vida sería larga y legendaria. Y ahora, en pleno invierno, toca decirle adiós a todo eso.

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