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He podido leer un impresionante artículo (“Luis XIV muere de nuevo en Versalles”. Paula Rosa. El Confidencial) sobre la muerte del Rey Sol. Un espectáculo barroco y atroz, una pesadilla de fluidos negros, armiño, violas de gamba, sofocante terciopelo rojo y pan de oro gangrenado. En él me entero de cómo durante las jornadas cegadoras de la Revolución se profanan sus restos embalsamados. Martin Drolling, módico pintor de escenas de género, aparece entonces en escena. Según reza el artículo:

«Los artistas más espabilados se dieron cuenta del filón incalculable que suponían los corazones embalsamados de los monarcas, con los que se podía obtener el bermellón. Martin Drolling consigue hacerse con una decena de esos órganos, entre los que están el de Luis XII y Luis XIV».

El brun momie, un pigmento de un castaño oscuro con una buena transparencia, resultaba útil para efectos de esmalte, sombreados y los tonos de la carne. Se obtenía del supuesto polvo de momias de seres humanos o gatos traídas de Egipto. Comercio, por cierto, cuyos pormenores junto con las andanzas por los puertos del Mediterráneo de los hombres que a él se dedicaban dan para mucho vuelo de la imaginación. Su uso, pues, no constituía ninguna novedad, pero contar con los mismos corazones reales es otra cosa muy distinta. Puede que sea una de tantas leyendas o una baladronada del mismo autor. ¿Qué nos importa? Al parecer una pintura suya de 1807 –“Interior de una cocina”- estaría elaborada con buena parte de esos restos orgánicos. La simple posibilidad de que la materia mortal del monarca formara parte de la misma sustancia de la obra, ampliaría de manera asombrosa sus niveles de lectura.

Luis XIV reinó durante 72 años, en los que sometió a la nobleza levantisca, construyendo un estado centralizado, un absolutismo inapelable de derecho divino. Grandes guerras, grandes obras públicas y Versalles. Un vasto laberinto, el decorado de un culto idólatra a la corona, una arcadia y una cárcel, cuyo aislamiento desalentaba cualquier forma de conspiración.

Toda una vida en permanente representación sobre un escenario delirante de celestiales solemnidades, espejos y arañas en llamas, una maquinaria distante, fastuosa, donde cada momento, cada acto (despertares, comidas, fiestas, bautismos, proclamaciones, crueles operaciones de fístula anal) aparece rígidamente ritualizado, un mundo de una densidad refinada, cerebral y bárbara que no podemos ni siquiera conjeturar.

Amante fogoso, competente bailarín -llegó a encarnar unos 80 personajes en 40 ballets diferentes- no careció de vanidad. El duque de Saint-Simon nos cuenta cómo amaba la adulación. Cuanto más descarada y torpe era, con más placer la acogía. Siendo uno de los amos del mundo padeció terribles enfermedades y sus últimas palabras, su cuerpo literalmente burbujeando de pura corrupción, fueron: «Je m’en vais, mais l’État demeurera toujours».

¿Cuál es, entonces, ese cuadro al que sus restos habrían quedado incorporados en una insólita forma de inmortalidad? Aquí podemos verlo.

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Qué silencio el de este mundo sin hombres. Dos mujeres interrumpen sus labores de costura y nos dan la bienvenida con una sonrisa. A través de la ventana abierta entra un aire de hojas, nueces y acequias refrescando la modestia de la estancia. Una niña pequeña y su pequeño gato juegan en el suelo. La cena parece estar ya hecha, esperando el momento de ser calentada. Es una tarde apacible, no las tardes de nuestra vida que se consumen con una rapidez fraudulenta, es un tiempo absuelto para siempre por esa luz donde vibran partículas en suspensión del monarca, flotando sobre artesas, jofainas, cazos, potes con legumbres o miel, lienzos colgados de un gancho, cedazos, hierbas aromáticas, un jarro con flores (el amor inmemorial entre mujeres y flores), cabos de vela, cestas con membrillos escondidos entre la ropa, escobones, una máquina de moler.

Mira por esa ventana, mira las ramas de los árboles, escucha el agua, las esquilas, las campanas y los pájaros, porque así era y no de otra manera la primera tarde que recuerdas y que será la última que verás.

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