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No recuerdo su cara ni su nombre, ni siquiera guardo un recuerdo concreto de aquella velada, pero en cierta ocasión un hombre joven, un inglés, me mostró un álbum de fotos con las palabras “The Zzz Album” escritas en la portada. Durante años había fotografiado a su chica mientras ésta dormía. Decenas de fotografías en papel donde un único rostro atraviesa el tiempo en sueños, el de la muchacha que en otro rincón del salón ríe sosteniendo una copa. Dormida en camas de pisos compartidos, de pequeños apartamentos, de hoteles, en la misma casa donde estábamos, podías prácticamente seguir el ascenso profesional de la pareja. Cansada o borracha, bajo la luz ingrata de un neón o acariciada por un sol que los árboles sombrean, con sal sobre los hombros o hierba en el pelo, desmadejada o hecha un ovillo sobre sofás y sillones, tapada con mantas o un improvisado abrigo, en ocasiones la inocencia de su pie pequeño asomando entre las sábanas, ella duerme, reduerme y resueña en asientos de aviones y trenes, en toallas extendidas en la arena, encima de alfombras persas, la cabeza vencida sobre la mesa de trabajo, con aspecto sereno o un hilito de baba en la boca entreabierta. Ocurrió en el siglo pasado, un tiempo todavía analógico, aquello era el proyecto de una vida, un monumento de paciente ternura.

Al amante le complace mirar el rostro del amado en el sueño. Hombres y mujeres se han entregado alguna vez a esa íntima devoción. Alguien que duerme evoca siempre la indefensión del niño. Conteniendo el aliento admiramos los rasgos queridos que el descanso difumina, a veces extendemos la punta de los dedos para retirar un mechón sobre la cara. Momentos esencialmente incomunicables, de una grave dulzura, entrega investida de misterio por el silencio forzoso, ese respeto reverencial hacia el sueño ajeno.

¿Qué piensan los amantes cuando se ven dormir? El presente se dilata cargado de sentido, entre la gratitud y el asombro ante el otro. Pocas veces amamos más estando a la vez tan lejos. ¿Quién es realmente el que duerme a nuestro lado, a salvo de la dura vigilia? Con un estremecimiento sabemos que ella en ese instante está sumergida en esa existencia fantasmal, precaria del sueño, no carente de peligros, volviendo a los paisajes de la infancia, zambulléndose en las olas o haciendo el mal en una vida que jamás compartiremos. Y lo vive sola. No importa lo cerca que podamos yacer, siempre dormimos solos.

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