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En estos días la saturación de racismo, teorías de la conspiración, cursilería y autoodio occidental en las redes sociales aconsejaría guardar silencio y no añadir más ruido.

Sin embargo, no puedo sustraerme al debate más importante de cuantos se plantean: cuál sería la respuesta adecuada de los países objetivo de la furia nihilista de ISIS (no sólo los países occidentales, ya que doy por sentado que la mayoría de los musulmanes del mundo detestan sus fines y sus medios y buena parte de ellos, además, los sufren).

Hay que descartar, claro. Hay que prescindir por un lado de los sempiternos halcones, amigos de las soluciones viriles y definitivas (“clarifinantes” según neologismo de Paul Watzlawick citado por Fernando Savater), los partidarios del “esto lo arreglaba yo a hostias”. Pero también de las almas bellas, convencidas de que al escuchar los primeros acordes de “Imagine” los endurecidos muyahidines -sus ojos humedecidos por las lágrimas- dejarán caer sus armas y se fundirán con nosotros en un abrazo fraterno. Quedarían así quienes han defendido con inteligencia y sentido de la medida dos posiciones opuestas. Resumiendo: lo que cabría denominar el argumento Chamberlain contra el argumento humanista. Por uno de esos automatismos a los que somos todos proclives los etiquetaríamos rápidamente como la posición de derechas y la de izquierdas.

El argumento humanista no requiere mayor explicación. Parte de nuestro rechazo civilizado de la guerra, fracaso absoluto de lo humano, y cuenta con poderosas evidencias recientes a su favor: las funestas consecuencias de la intervención armada en Irak o Afganistán y de los excesos vengativos de la política defensiva de los gobiernos de Israel. En ambos casos el problema que se pretendía atajar se ha agravado y enquistado. Añado que mi parte visceral y emotiva se adhiere a esta posición.

Pero está el argumento Chamberlain. Hagamos un recordatorio, forzosamente sintético. La Europa de los años treinta, escarmentada y asqueada tras el horror absoluto de la I Guerra Mundial, miró hacia otro lado mientras se producía el ascenso de los fascismos (el temor hacia la extensión del comunismo sería otro factor en la ecuación, pero no quiero embrollar demasiado la cuestión). Los hitos más importantes serían la política de no intervención en la Guerra Civil española y la política de appeasement de Neville Chamberlain, primer ministro británico desde 1937. Toda una serie de cesiones y negociaciones para evitar el conflicto armado, tragándose sapos como la remilitarización de la Renania o el Anschluss de Austria. Finalmente, tras una conferencia tripartita entre Inglaterra, Francia y Alemania se firman los Acuerdos de Munich en septiembre de 1938, dando vía libre a la anexión forzosa de la región de los Sudetes. A su regreso Chamberlain pronuncia las famosas palabras «Peace for our time», en una breve alocución que termina con un tranquilizador «Go home and get a nice quiet sleep». Un año después la Wehrmacht invade Polonia.

¿Es válido el paralelismo?, ¿es comparable en términos de fuerza real la amenaza que suponía el III Reich con la que supone el Daesh? Es una pregunta a la que no sé responder, pero sí que es comparable el pensamiento tras ambos. Ideologías despreciables, de una perversidad sin fisuras, que atentan contra todo cuanto el común de los seres humanos considera noble, justo y deseable y que merecen ser destinadas al basurero de la historia.

Se compara una posible intervención militar contra las fuerzas del EI con la que dio lugar a la Guerra de Iraq. No es una comparación justa. Aquella acción se basó en meras conjeturas de peligro que finalmente se revelaron fraudulentas. Las amenazas del Daesh son explícitas y concretas. Ni siquiera hace falta fiarse de todo cuanto se dice que han hecho, basta con ver en sus vídeos propagandísticos los crímenes que ellos mismos se atribuyen y la expresión exaltada de sus planes y sueños de victoria.

Antes he citado la política de no intervención en la guerra civil española (y cómo no pensar en los resistentes kurdos al mencionarla). A pesar de ella, muchos hombres y mujeres de izquierda de todo el mundo decidieron jugarse la vida y mancharse las manos de sangre matando a otros seres humanos, combatiendo contra lo que consideraban un grave peligro para la humanidad. Cuéntale a Orwell o a Malraux que “la guerra nunca es una solución”.

Hubo, desde luego, pacifistas en aquellos años, personas de gran inteligencia, dignidad y coraje, pero cuando no pudo por más tiempo negarse la enormidad de los hechos (a veces la historia se desborda y arrasa con nuestras más firmes convicciones) no era el momento de pensar en si el pueblo alemán tenía motivos para el resentimiento tras las duras cláusulas de Versalles y la atroz crisis económica de los años veinte, ni para apuntar la responsabilidad del gran capital o la burguesía como impulsores del nazismo, ni para indagar sobre sus fuentes de financiación, ni siquiera para hacer apostillas sobre los mezquinos intereses de las potencias colonialistas. ¿Significa eso abdicar de nuestro sentido crítico? Si me he expresado bien espero que no se interprete tal cosa.

No soy un valiente, opino desde el amable calorcillo de mi casa, lejos del fuego que muerde la carne, la metralla que mutila, los cascotes que probablemente machacarán y asfixiarán a inocentes. Carezco de conocimientos serios sobre geopolítica y mis inclinaciones basculan de un lado al otro conforme más voy leyendo sobre la situación. Mi opinión es en ese sentido absolutamente deleznable. No pretendo dar consejos a nadie, pero sí creo que recordar estos hechos puede ayudarnos a reflexionar con un poco más de sentido sobre una encrucijada en la que tanto nos jugamos

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