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Fronteras entre lo habitual y lo desconocido. Estaciones de tren, de autobús, aeropuertos, variaciones sobre la figura del puerto. Términos como dársena o puerta de embarque señalan ese antiguo origen.

Hay en los puertos como una eterna juventud. La presencia resonante de aves, los mástiles apuntando al cielo, el mar que se despliega ante nosotros, promesa de ilimitada novedad, el cabeceo de las embarcaciones, ese sencillo milagro de flotar. Todo bañado por una sensación matinal, la idea de un comienzo siempre renovado.

También la puerta a un mundo que no nos pertenece. Monstruos marinos y huesos de hombres en los grandes pastos de los fondos. Los marineros blasfeman frecuentemente. Se atraviesan inmensas soledades entregados a un poder fabuloso, dado a temibles cambios de humor. Uno de los primeros juegos de un bebé es hacer naufragar pequeños barcos a la hora del baño.

Los aeropuertos tienen una parte burocrática, subterránea, clínica. Se cumplen una serie de enojosos trámites, se pasan estrictos controles, se apresura el paso a lo largo de grandes, laberínticas distancias o el tiempo se dilata en esperas agotadoras.

Pero conforme te vas acercando a la puerta de embarque hay un principio de euforia, todo vibra con una excitación mundana, los nombres de lejanos destinos parpadean en las pantallas, un brillo de deseo en todas las miradas, avidez de lo nuevo, avidez del encuentro, avidez del regreso, avidez de dinero. Y detrás la imagen hipnótica de los grandes aviones alzando el vuelo, la posibilidad, siempre, de la catástrofe.

Las estaciones de tren están saturadas de literatura, de pasado. Incluso en sus formas presentes más estilizadas hay algo que es puro siglo XIX, revolución industrial: el trazado inmutable de las vías, determinista, dictatorial, los vagones deteniéndose en el andén y abriendo en silencio sus puertas, los viajeros entrando y saliendo en una coreografía mecánica. Los trenes han sido el transporte por excelencia hacia los grandes mataderos. En contra de lo que nos dice la cinefilia melancólica, nunca se ve a nadie corriendo por el andén mientras se despide del amado salvo como broma y es una broma encantadora.

Las estaciones de autobús no se prestan a la mitificación, son siempre el decorado antipático de una película de realismo social, cuesta sentirse de buen humor entre el rugido de los motores ennegreciendo los techos. Y sin embargo lo humano adquiere un relieve extraordinario, como si los rostros se enfocaran. El aire resignado de los viajeros mal dormidos, los nombres hermosos o ridículos de pueblos pequeños que nunca pisarás, una especie de sufrida intimidad compartida, quien acude a una entrevista de trabajo, quien cuenta las horas que faltan para encontrarse con su amante, una corte nerviosa de ladronzuelos y hombres sin techo entregados a sus secretos asuntos, estudiantes que no se han acostado todavía, el aire ligeramente impropio y desvalido de los adultos que no conducimos. Ni grandes aventuras, ni grandes destinos, repetición de lo habitual. El fluido gris, luminoso, enternecedor de la misma existencia. Los hipotéticos predicadores de una religión recién creada buscarían sus discípulos en estos lugares de tránsito.

Pienso en las horas de mi vida transcurridas en esas tierras de nadie. A veces siente uno la tentación de considerar que constituyen los únicos momentos de realidad absoluta en una vida que no sería otra cosa que una quimérica sucesión de alucinaciones.

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