Se quedó sosteniendo la copa en el aire, indecisa. Él se la quitó de la mano y la colocó sobre la mesa mientras ella se inclinaba sobre la pantalla del móvil. No lo cogió. Vibraba, desplazándose lentamente sobre la mesita, con algo de insecto agonizante. Ambos permanecían en la misma posición, la llamada no parecía terminar nunca. Finalmente, y fue un alivio, se hizo el silencio. Ella respiró e intentó retomar el clima de camaradería de instantes antes, pero Cecilio sabía que era ya irrecuperable.

Volvió a sonar. A su cara asomaba una variedad turbulenta de sentimientos que él era incapaz de descifrar, expresiones que ignoraba que ella pudiera tener. Hay algo obsceno en la primera vez que ves a alguien desmoronarse. No dijo nada, lo hizo en silencio, pero un fluido corporal empezó a brotar de sus ojos y a deslizarse por su rostro inmóvil. Cecilio sintió con aprensión que podría oler sus lágrimas.

Cuando finalmente enmudeció, ella se secó los ojos. No le dio tiempo a balbucear una disculpa cuando una tercera llamada les asaltó. Esta vez cogió el móvil y respondió con brusquedad. Hablaba en un idioma que Cecilio no conocía, pensó que podía ser holandés. Se levanto del sofá y se puso a caminar por el extremo del salón en penumbra, delante del reloj y del ciervo mártir.

La conversación fue breve y tuvo dos partes. La primera consistió en un estallido de rabia. No sabía si atribuirlo a la aspereza del idioma, pero en lo que parecía ser una cadena de reproches su voz adoptaba enérgicas inflexiones de una agresividad de la que Cecilio nunca la hubiera creído capaz. En la segunda, la rabia dio paso a la desesperación. La voz se le quebró mientras le suplicaba algo una y otra vez.

Colgó y volvió al sofá. Estaba muy alterada. ¿Por qué no la dejaba en paz?, ¿por qué no paraba de llamarla?, no quería verle, ¿tan difícil era de entender? Necesitaba desahogarse y descargó sobre él un relato en que daba tantas cosas por sabidas que apenas resultaba inteligible. Pero qué había pasado era lo de menos, de hecho Cecilio hubiera preferido no conocer algunos detalles mezquinos, sórdidos, en aquel recuento de agravios. Lo que le hacía escucharla sin pestañear era que había algo en sus palabras de despecho que la hacía parecer mayor, algo que hacía que por primera vez su presencia no pareciera fuera de lugar allí, como si la casa la hubiera aceptado. Había rencor.

Cecilio, en parte porque lo pensaba y en parte porque odiaba al desconocido que había roto el encanto de la velada, sostuvo que aquel chaval le parecía un canalla. Se disponía a extenderse sobre ese punto cuando de nuevo el móvil volvió a la vida. Ella con un gesto de disculpa, se salió del salón para responder. Cerró la puerta tras de sí.

La conversación no fue tan breve como la anterior. Cecilio se quedó esperando. En el silencio sólo escuchaba el sonido de su propia respiración. Inquieto, se levantó hacia el mueble bar y lo abrió. Vio de nuevo su rostro, multiplicado hasta el infinito en los espejos que cubrían el interior, donde se acumulaban intactas botellas de Cynar, Cointreau, Carlos III. Cogió una botella de whisky. Luego sacó de la vitrina un vaso de imitación de cristal de bohemia y lo llenó, para hacer tiempo. Tuvo que servirse otro sin que ella terminara de hablar, hasta que acabó dando cabezadas.

No sabía cuánto tiempo habría pasado cuando la puerta del salón se abrió y entró con expresión compungida, aunque había ahora una luz en su cara. Se sentó a su lado. Le cogió del brazo y lo miró con esa cara que conmovía a los viajeros italianos.

-¿Puedo pedirte un favor?

Cecilio abrió la puerta. Era un muchacho alto, rubio, muy delgado, de mandíbula dura y un cuello largo y seco, mezcla de surfero y faquir, con algo ligeramente alucinado en su mirada azul. No hablaba una palabra de español. Estaba borracho. No le indignó porque él también lo estaba. Tambaleó al cederle el paso mientras ella se acercaba y se fundía en un abrazo con el recién llegado.

Los vio retirarse a su cuarto al fondo del pasillo. Antes de entrar tras ella y cerrar la puerta, él se volvió, le regaló una hermosa sonrisa y levanto el pulgar.

Cecilio recogió el salón y limpió la cocina mientras desde la habitación del fondo llegaban ocasionalmente las tiernas risas de una reconciliación tumultuosa. Una vez terminada la tarea, devoró dos latas de calamares en salsa americana y tres magdalenas que empujó con un tercer vaso de whisky. Luego se tomó las pastillas contra la tensión.

Cecilio dormía en el que fue el dormitorio de sus padres. Los cepillos del tocador de su madre y una vieja foto de estudio de ambos seguían allí, compartiendo espacio con su billetera, algunas monedas y un cenicero con colillas. Se quitó torpemente la ropa y la dejó de cualquier modo sobre una butaquita de terciopelo turquesa. Se puso la parte de abajo del pijama dando saltos y cayó boca arriba sobre el colchón, tan blando que resultaba ya imposible incorporarse. La cabeza le daba vueltas un poco y los oídos le zumbaban, lo que comunicaba un aire fantasmal a algún suspiro más alto que otro que llegaba desde el otro extremo de la casa.

Haciendo un gran esfuerzo se levantó de nuevo y acudió a la consulta del padre. Una figura afantasmada y en pijama deslizándose en silencio por el pasillo a oscuras. Buscó allí algo que le sirviera para dormir, mientras tarareaba entre dientes las Danzas Polovtsianas del Príncipe Igor para no oír los transportes de la pareja en la habitación de al lado y no imaginar los fluidos corporales de aquel joven hirsuto impregnando sus entrañas. Se tomó dos pastillas y volvió a la cama. La química ejerció su magia y su piedad, no tardó en caer dormido.

Soñó. Soñó que vivía con ella, que siempre había vivido con ella. Durante años compartieron esa casa que él amaba, pero nunca podía retenerla, siempre desaparecía riendo de habitación en habitación. Le bastaba saber que estaba ahí, escuchar Azzuro en algún rincón perdido al final del pasillo. Un día no volvió a verla. La buscó, la buscó durante años por toda la casa. Vaciaba furioso los cajones, llenos de cosas amargas y asombrosas, objetos sin uso abandonados durante décadas, cartas con grandes revelaciones, fotos de caras conocidas en extraños lugares. Destrozaba los tabiques y hallaba tras ellos pasillos estrechos que conducían a habitaciones sin ventanas, donde le apenó encontrar a sus padres ciegos y menoscabados, apenas reconocibles. Fue sintiendo el paso de los años y el cansancio mientras se dejaba la vista en estancias casi sin amueblar, donde acechaba un triste secreto indecible, cada vez más lejos del mundo. En una alguien escribió con sus uñas en el yeso de la pared; una frase desesperada en holandés y latín.

Llegó finalmente a una habitación tan lejana y tan vieja que era una pura ruina. Detrás de las brechas abiertas en la pared un sol de un dorado decrépito, surcos, acequias, abedules y un vasto río al fondo. Nada había más allá, no podía haberlo. Sintió el brazo de ella tomándolo de la cintura por detrás. Lo cogió de las manos y lo hizo entrar. Apartó con los pies descalzos el polvo, los cascotes y los cristales rotos, lo atrajo hacia sí y se tumbó en el suelo.

Entró en ella mientras un viento fragante de Heno de Pravia hacía golpear una ventana desvencijada contra la pared. Se miraron a los ojos sabiendo que estaban solos en ese mundo ya a punto de terminar, apenas el brillo de un sol claudicante sobre el lento, negro, río al fondo. La oscuridad terminó por apoderarse de todo, él descansaba abrazado a su costado, una mano sobre su vientre, donde algo empezaba a irradiar calor. El llanto de un recién nacido empezó a resonar por los pasillos de la casa vacía, como un pájaro intentando encontrar una salida.

Cuando despertó el reflejo de la luz filtrada por los visillos danzaba sobre el techo del dormitorio junto al sonido familiar del autobús alejándose de la parada. Se levantó y se puso un batín. No sabía qué hora era pero por la agitación de la calle debía ser ya muy entrada la mañana. Sabía que se habían ido y sabía que en la cocina encontraría una simpática nota de agradecimiento y despedida. Se felicitó por haberlo recogido todo la noche anterior. Sintió deseos de canturrear algo. Azzurro, il pomeriggio è troppo azzurro e lungo per me. Entró en el salón, movió las agujas hasta la hora justa y con un gesto medido, sencillo, puso de nuevo en movimiento el péndulo.

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