Ya había caído la noche y Cecilio Catena paseaba oscuro y solemne por una calle comercial. Un pliegue desdeñoso en los labios, las manos a la espalda, ligeramente encorvado entre el clamor de las persianas que se cerraban. Dejaba a su paso, como la cola de un cometa declinante, la masculina fragancia de la loción Floïd para el afeitado.

No deseaba volver a casa pero se le había hecho tarde y, cerradas las tiendas, tuvo que renunciar a unas compras pendientes. Privado de ese modesto placer, sólo le quedaba el camino de regreso, un camino que podría recorrer con los ojos cerrados. Pero ni esa familiaridad, ni el olor de los puestos de castañas le hicieron como tantas otras veces sentirse seguro. Al contrario, tuvo que alzar las solapas de su Burberry, tan abrigada, para aquietar un escalofrío.

Se demoró ante un escaparate y contempló un instante su propio reflejo sobre el fondo de mantelerías bordadas. Le desagradó su aspecto irremediablemente conservador, el de un rentista vestido en tonos beige, cuyas únicas pasiones eran ya la envidia y la masturbación.

Conforme se acercaba al portal pudo ver a una chica con una maleta de ruedas pulsando uno de los botones del portero automático. La posibilidad de tener que subir en el ascensor con alguien le desagradaba. Ya de cerca pudo observarla mejor. No era alta y no tendría más de veinte años. Gorro de lana, kufiyya, jersey y pantalones anchos y un aro en los labios, probablemente algún tatuaje. Todo en ella era redundante, como una ilustración de cuanto él detestaba, en especial esa morbosa compulsión viajera, que nunca había entendido.

Preguntó por una amiga que vivía en el quinto. Él le respondió con aspereza, los estudiantes del quinto hacía un año que ya no vivían allí. ¿Había dejado algún teléfono, alguna dirección?, insistía ella con un ligero temblor en la voz. Cecilio masculló otra negativa y se disponía a entrar en el portal cuando reparó en la manera en que entrelazaba la punta de sus dedos, escondidos en las mangas.

Se fijó por primera vez en su cara y se dio cuenta. Estaba asustada. Una moto pasó a lo lejos. Sintió como si una ola lo levantara y le hiciera perder pie. ¿Qué era aquello?, ¿de dónde venía esa corriente de ternura y piedad que le estaba atravesando y que le avergonzaba? Su voz le sonó ajena.

-¿No tienes dónde quedarte?

La calefacción les dio una bofetada al entrar. La condujo por un pasillo llamativamente largo. Su padre había comprado dos pisos contiguos para tener a mano la consulta. Se disculpó por una bombilla fundida, aunque ninguna luz podría animar el papel pintado de un gris opiáceo, donde se alternaban los viejos grabados de anatomía con deprimentes escenas de género de la España dieciochesca. En la oscuridad de las habitaciones una vitrina blanca con material médico, cortinas espesas, plata, espejos y enciclopedias.

En el cuarto donde ella dormiría aún había cajas con sus juguetes en lo alto del armario. Le dio unas toallas por si quería ducharse mientras él preparaba algo de comer. Ella comentó, sonriente, que su casa parecía una película.

Cecilio no supo como interpretarlo. No la había cambiado apenas, no podía concebir la idea de vivir en un lugar diferente. En una de aquellas habitaciones imaginaba viajes interplanetarios, en otra, intoxicado de tabaco negro y cafeína, preparó durante años unas oposiciones que nunca aprobaría, en otra vio por primera vez una mujer desnuda. Cada cuadro que le asustaba de pequeño, cada figurilla de porcelana, cada alfombra, estaban impregnados de la misma sustancia de su vida.

Empezó a preparar un bocadillo, no sabía hacer otra cosa. Al abrir el pan se hizo un corte en el dedo. Qué contrariedad.

Entró en la consulta de su padre. Espéculos, dilatadores, histerómetros, valvas, curetas y el olor a medicinas caducadas. Un calendario de mesa seguía abierto por el 10 de Agosto de 1998. Ahí Cecilio robaba papeles de recetas para pillar dexedrinas. Mientras se aplicaba un apósito miró la camilla de exploración desde donde ella le miraba tendida el día en que el doctor Catena cerró la puerta y lo dejó fuera de aquel asunto de familia. Podía oír al fondo del pasillo el agua de la ducha caer sobre el cuerpo de su joven invitada. Ahora tendría su edad.

El dolor no había aflojado al volver a la cocina. Se dio cuenta de que una gota de sangre había caído antes sobre el pan abierto. La ocultó bajo varias lonchas de jamón.

En el salón dudó entre encender también la lámpara del techo o dejar sólo la luz velada de las pantallas. Optó por esto último para que no se viera mucho un cuadro en que un ciervo, con los ojos elevados al cielo, era devorado por una jauría. Al lado un reloj de pie. Su padre lo paraba al acostarse para que no le perturbaran las campanadas y empezaba litúrgicamente el día poniéndolo de nuevo en hora y empujando el péndulo.

-¿Te importa si lo pongo a cargar?

Se había cambiado, ahora llevaba algo menos característico, un vestido claro sin una forma definida. Tenía el pelo mojado, un móvil en la mano y venía envuelta en una nube de Heno de Pravia, fragancia de la que Cecilio Catena era un decidido partidario. Su olor reminiscente en la ducha suponía para él un momento diario de melancólica sensualidad.

Comía con un apetito envidiable. Él la observaba como quien observa escondido la actividad despreocupada de un animal del bosque. El sonido del péndulo del reloj hacía incómodo el silencio.

-¿Tú no comes?

-No tengo hambre.

No era cierto, pero le incomodaba comer delante de ella. Tuvo una buena idea.

-¿Te apetece algo de vino?

-Claro.

Cecilio abrió una botella y se sirvió también una copa para él. Luego fumaron. Ella liaba sus cigarrillos con unos dedos delgados, nudosos, él encendía un Coronas tras otro.

El vino facilitó la conversación. La chica tenía ideas muy firmes sobre muchos asuntos, pero él no quería escuchar sus opiniones, que lo irritaban. Por suerte, pronto pasó a contarle cosas que le habían sucedido en sus viajes. Resultaba entretenido escucharla, fuera a donde fuera se las arreglaba siempre para encontrarse con los marchosos del lugar y meterse en líos. Tenía ese don.

Era un puro nervio, se sentaba en cuclillas sobre el sofá, se reía cuando se servía otra copa de vino. Le habló de un viaje a Italia con una amiga. Sacaban dinero cantando “Azzurro” en los trenes, con un acento imposible, los viajeros cansados y sentimentales eran incapaces de resistirse a tanta inocencia.

Ella se levantó para ir al baño y Cecilio se quedó pensativo, sorbiendo lentamente su copa. ¿Qué había hecho con su vida?, ¿en qué se había transformado? El reloj dando las diez le sobresaltó. Se precipitó furioso sobre él y detuvo con la mano la oscilación del péndulo. Se hizo un silencio que le calmó, como si se hubiera quitado un peso de encima. Hasta dejó de dolerle el dedo. Ella regresó al salón del mismo buen humor.

– ¿Y tú en qué sitios has estado?

¡Qué obsesión! Cecilio temía la llegada de ese momento pero se sentía ligero, audaz y empezó a inventárselo todo. Con ayuda de viejas lecturas de Tintín, películas y recuerdos de enciclopedias, improvisó inexistentes viajes por países invariablemente cargados de un chillón exotismo, donde todo era tópico y a la vez absurdo. Disfrutaba tanto con su mistificación que se le fue la mano, ella lo entendió como una broma y rieron durante un buen rato, el reloj clavado a las diez de la noche.

Él se levantó a su vez al baño. Mientras orinaba le turbó la idea de que ella acababa de hacer eso que él estaba haciendo. Imaginó que sus fluidos atravesarían kilómetros de oscuridad hasta encontrarse bajo la luz del mar abierto. Se miró al espejo. Maldijo a sus padres que le dieron esa complexión robusta, ese rostro sin encanto, maldijo a sus tristes novias feas.

Cuando regresó al salón ella vaciaba el último resto de la botella en ambas copas. Le alargó la suya para brindar, con un gesto lleno de encanto. A Cecilio le pareció de lo más lógico que un dulce sonido de campanas en racimo flotara en ese momento en el aire, pero a ella se le descompuso el rostro. Su móvil estaba sonando.

(continuará)

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