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Para mí el otoño se ha materializado definitivamente durante unos pocos días que he pasado con unos amigos en Guájar Faragüit, que en árabe venía a significar algo así como jardín escondido. Nos alojamos en una pequeña casa situada en la ladera de un valle, lo que nos permitía dominar el peculiar paisaje subtropical de la zona. Su permanentemente aislamiento no le impidió ser escenario de bruscas efusiones de sangre durante la rebelión de los moriscos y la guerra civil. A veces una fina llovizna difuminaba crestas, bancales y alquerías, entre el olor dulzón del algarrobo, transformándolo todo en una suerte de paisaje taoísta.

La casa, por el momento, carece de energía eléctrica. Cenábamos en un porche a la luz de las velas y el cielo estrellado cobraba una viveza excepcional. La presencia de pequeñas nubes humaniza el firmamento, que por un instante deja de ser ese caos inimaginable de hornos termonucleares, tiempo, vacío y eternidad, esa violencia, para recuperar las dimensiones hospitalarias de la infancia de la humanidad. Sobre nosotros el campo de estrellas, los antiguos luceros, los astros tutelares que señalaban la ruta nocturna de los marineros. Animales fabulosos, héroes y emblemas, girando lentamente sobre el eje del mundo. Un amable mecanismo, un vasto carillón bajo cuyas notas mudas se abrazan los amantes y duermen por igual los buenos y los malvados.

Luego encender la primera chimenea del año. El fuego domesticado, siempre el mismo y siempre nuevo. ¿Cómo sentir amargura ante su jovial condición de sencillo prodigio que nos devuelve a los niños que imaginamos que fuimos y espanta la misma idea de la muerte? El vino, un decente whisky y Ángel clavando a la guitarra “Twenty Flight Rock” de Eddie Cochran hicieron el resto.

Y para que nada pudiera faltar, caminando al día siguiente por un camino flanqueado de frutales, nos sorprende la efímera aparición de un doble, quebradizo arcoíris. La señal de reconciliación del vengativo dios del Antiguo Testamento, el collar de la diosa Ishtar, el puente que unía el mundo de los hombres y el reino de los dioses en las eddas, esa hermosura real cuyo secreto Descartes y Newton nos desvelaron. Es triste que haya pasado a ser un símbolo empalagoso, abusivo y cargante, objeto de bromas entre esos hombres cansados y avergonzados de su inocencia en que nos hemos transformado. Hasta que lo vuelves a ver, deslumbrante, precario e irrefutable, como la primera vez. Imposible no mirarlo y señalar sonriendo su presencia a quienes te acompañan.

No, no estuvo nada mal. Que haya muchos días así, amigos.

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