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Había entrado el invierno, anocheció pronto. Esperaba la llegada de un envío de libros, así que abrí la puerta esperanzado. Eran dos y había entre ellos la suficiente diferencia de altura para causar una impresión algo cómica, a pesar de la lluvia de una tarde inclemente que los había investido con ese olor triste y soso de la ropa mojada.

La evangelización a puerta fría es patrimonio de nuevas religiones del otro lado del Atlántico. Más cerca del trato comercial que de los estremecimientos del espíritu. En los dibujos de sus pulcros folletos, el más allá es una paz dominical, una amenidad de urbanización, muy lejos de los refinamientos de la teología y las grandes visiones de los contemplativos.

No así esta vez y sentí curiosidad. Eran católicos, venían de la parroquia del barrio, me pidieron un par de minutos. Intentadlo, pensé. El más alto era médico, me contó cómo se entregó a las seducciones de la vanidad y el dinero, olvidando el sentido de su vocación, inmune al dolor ajeno, irremediablemente solo. El otro relató la destrucción de una familia por culpa de su alcoholismo. «Me perdí el respeto a mí mismo», se lamentaba con dulzura. No había desesperación, sino una tranquilidad amable.

Habían estado perdidos y habían encontrado paz y perdón. Y venían a decirme que las puertas de la parroquia estaban abiertas para cualquiera que buscara consuelo. Aunque no lo pronunciaran, un «nunca se sabe» quedó flotando en el rellano. No me pareció procedente anunciarles que ellos y yo y tú, amable lector, somos un conglomerado de estados vibracionales, un amasijo de cuerdas minúsculas que vibran en un espacio-tiempo de más de cuatro dimensiones, así que me limité a agradecerles la información.

Antes de marcharse escaleras abajo, estrecharon mi mano, la mano de un señor de mediana edad con el pelo revuelto, ataviado con un pijama y un jersey desvencijado, que los miraba atónito, preguntándose si necesitaba paz y perdón.

Desde la ventana del salón los vi luego cruzar la plaza mojada entre el alumbrado público. Gesticulaban, ¿de qué podrían estar hablando?, ¿qué clase de vínculo se habría creado entre ellos? Tenían un par de horas por delante en aquella noche de perros. Puerta tras puerta se enfrentarían a caras desconocidas bajo la luz teatral de los recibidores -las televisiones voceando impávidas en el interior- para repetir una y otra vez la historia del desguace de sus vidas. Luego regresarían agotados a casa, se comerían un yogur y antes de dormir, para librarse de los sueños malos, le rezarían a sus duros crucifijos, colgados de un conglomerado de estados vibracionales que ha dado en adoptar la forma de una alcayata.

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