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Hace unos días leí lo siguiente en un periódico local:

«La palabra no será auténtica ni legítima si no está al servicio de las personas».

La frase tiene un contexto y debe mencionarse. Aparecía en la presentación de un acto generoso en que se intentaba dar testimonio del horror inimaginable que están viviendo cientos de miles de refugiados. Estas líneas no van contra el acto, en absoluto, ni contra quienes acuñaron la frase. Entiendo que es una exageración retórica sin ánimo normativo; entiendo, de hecho, la emoción del momento, el anhelo vehemente de restaurar una humanidad, una decencia.

Al fin y al cabo parece un deseo razonable, lógico, justo. Pero siempre hay un momento en que se da el salto de la ética privada a la exigencia pública, en que los sentimientos cristalizan en forma de consigna. Es entonces cuando merece la pena sacar el microscopio, porque quizá detrás de las buenas intenciones asomen su feo rostro algunas ideas no tan nobles.

«La palabra no será auténtica ni legítima…

Bien, el uso de «la palabra» (el Logos, el Verbo que en el relato bíblico está en el origen del mundo) como sinécdoque de la obra literaria o el mismo empleo del futuro del indicativo son recursos literarios, un intento de recuperar la gran voz épica, el viejo ademán de la profecía. Frases semejantes se dicen desde lo alto de una roca. Los que escribimos somos dados a estas vanidades. También late en la elección del accidente verbal la posibilidad de un tiempo nuevo y una prescripción. Un tiempo que ha de llegar y en el que a la obra que no cumpla una determinada exigencia moral le serán negadas autenticidad y legitimidad.

Lo uno tiene inquietantes resonancias legales pero lo otro decreta la muerte definitiva de tal obra, que queda estigmatizada como algo fraudulento, mendaz, prescindible.

…si no está al servicio de las personas».

Aquí entramos en un terreno decididamente resbaladizo. ¿Qué significado estamos atribuyendo a «las personas» o «al servicio de»? Y, en especial, ¿quién lo decide?, ¿bajo qué criterios de valor?

Celine, Rimbaud, Sade, Flaubert, Dante, Poe, Lautréamont, Alfred Jarry, Swift, Leon Bloy, Thomas Bernhard, Cioran, Houellebecq… Todos tienen en común no sólo no haber pretendido jamás poner su palabra al servicio de las personas sino que de ellos puede afirmarse que odian a los hombres en su conjunto. ¿Carece su obra por ello de autenticidad o legitimidad?, ¿debe acaso ser excluída, negada, anulada?

El compromiso es una opción moral no una exigencia, la palabra no tiene la obligación de estar al servicio de nada. Ni de una utilidad, ni de una causa, ni de una clase, ni de un pueblo. Ni siquiera al servicio del género humano. La palabra, frágil e impura, debe ser libre, no puede subordinarse a las necesidades, opiniones o deseos de otros. No encuentro más límites posibles a esta afirmación que la incitación concreta al odio o al crimen.

Conviene recordarlo. Tras las cordiales invocaciones a la responsabilidad social del autor no andan lejos la retórica del artista en su torre de marfil, prohibiciones y ostracismos, como aquel decreto Zhdánov, en el que se atacaba a una serie de compositores (Shostakovich, Prokofiev y Khachaturian entre otros) cuya labor revelaba «desviaciones formalistas, tendencias musicales antidemocráticas, ajenas al pueblo soviético y a sus gustos artísticos».

Se me objetará que en momentos como el presente, en que todo lo que habíamos considerado permanente se tambalea, no habría que detenerse en estas minucias. Al contrario, pienso que precisamente en estos periodos críticos, cuando tanto es lo que nos jugamos, hay que insistir en cosas así. Insistir hasta la impertinencia.

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