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Es curioso que una palabra tan inquietante como “FIN” fuera empleada alegremente por el mundo del espectáculo para rematar como es debido sus producciones. ¡Y lo veían los niños!

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Esa costumbre, resabio decimonónico, apenas la podemos ya encontrar, salvo como ejercicio de distanciamiento o mero tonteo vintage. Nunca más con la inocente franqueza del viejo modelo. Semejante aviso metafísico no encaja hoy en modelos de creación orientados hacia la elasticidad. Historias seriadas, franquicias argumentales, donde no prolongarse en el tiempo hasta el agotamiento es considerado un fracaso. El concepto mismo de finitud es algo amablemente excluido de las formas de sociabilidad, confinado a las devociones privadas o a los ámbitos de la terapia. Hablar demasiado de “el único argumento de la obra” se considera una imperdonable grosería.

En los guiones se sigue indicando. Hace un par de días escribí una vez más esas tres letras ominosas en una última página. La historia acaba: efe, i, ene. Luego sigue un espacio en blanco. En ese espacio en blanco está la tristeza que de niño me asaltaba tras los finales felices de las películas.

Ignoro como se sienten otros colegas al terminar un guión. En mi caso, al romper las ataduras que me vinculan a un relato siento un alivio casi físico, como si me hubieran extraído un volumen inmenso de información que oprimía el cerebro. Quiero que se aleje de mí, necesito olvidarlo provisionalmente porque temo que al encontrarme de nuevo con él me salten a la cara sus torpezas, sus lugares comunes, sus trivialidades. Ver una pobre parodia de lo que, exaltado, imaginaba al escribirlo.

En términos teológicos, una actitud semejante explicaría el escandaloso desinterés de dios por nuestra miseria. No cuesta imaginar una divinidad permanentemente insatisfecha que no tiene el coraje de enfrentarse a sus errores y sus limitaciones, que olvida su última creación para volcarse en la siguiente. Una y otra vez va construyendo otros mundos, innumerables variaciones de lo único que sabe hacer, en busca de una perfección que se le escapa.

Esta coexistencia de realidades puede parecer una pesadilla intolerable, pero también supone un melancólico consuelo. Con un poco de suerte, existe un universo donde tú y yo estamos mejor escritos, somos más fuertes, más sabios, menos innobles, besamos cuando debimos hacerlo, nos zambullimos en más ríos, no perdimos el tiempo en facebook o viendo “Todo sobre mi madre”, no hablamos más de la cuenta ni callamos con indignidad.

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