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Hay siempre una violencia al despertar en medio de un sueño. Durante un instante quedó resonando como un acorde. Al abrir los ojos sólo la oscuridad y una franja de luz por debajo de la puerta. En ese instante ya no soy capaz de recordarlo, sueño perdido.

A mi lado el sonido burbujeante del oxígeno y la respiración rota de una viejecita que fue mi madre, reducida apenas a una pequeña, temblorosa voluntad de vivir, a un corazón que insiste en latir débilmente cuando todo lo demás se ha borrado. Cojo su mano seca y le susurro palabras inútiles de consuelo que ya no puede oír. Ella lo hacía mucho mejor cuando yo era un niño. Tras la ventana las hojas de un árbol se estremecen apenas en la noche caliente. Aquí dentro un frío de cámara industrial nos protege pero no nos conforta.

Necesidad de salir al pasillo iluminado a estirar las piernas. No hay nadie, está siendo una noche tranquila. Sólo los habituales ronquidos y estertores, alguna queja repetitiva a la que nos hemos acostumbrado. Todos han tenido una vida, tan diferente, tan parecida a la mía. Ahora igualados por ese uniforme que te devuelve a la niñez indefensa, uncidos a un dispensador de fluidos introducido en sus venas. Los hospitales, el auténtico Ministerio de la Verdad. Gigantescos hormigueros donde las muchas formas de morir, el avance del caos, se combaten con un complejísimo orden planificado, militar. Una intendencia infinita de suministros, contabilidades, protocolos, drogas y máquinas, traspasada por destellos de abnegación y dulzura. Lugares donde reina la muerte y donde triunfa lo humano, como conocimiento y piedad.

Muchos, los más, acaban saliendo de este edificio, otros no tendrán tanta suerte. No me atrevo a caminar demasiado, en las leyendas urbanas los hospitales son lugar de apariciones. En esa red de pasillos y subterráneos donde es fácil perderse debe haber una intensa y permanente circulación de almas.

Regreso a la habitación, arropo a mi madre y vuelvo a mi butaca. Me cuesta volver a dormir y siento el deseo infantil de presionar el botón junto a la cabecera, de ver entrar a una enfermera vestida de blanco y escuchar su voz queda en la oscuridad y pedirle en voz baja algo insensato y modesto, que se haga de día, que la luz entre por las ventanas dibujando los contornos del parque, que el hospital despierte y empiecen los menudos rituales de la mañana, escuchar las admirables bufonadas de una limpiadora, que de nuevo la vida allá fuera, persianas que se levantan, autobuses, jovialidad y churros en las cafeterías, niños, limones, labios, carreteras que llevan a otros sitios, la vida, de la que tanto espero aún.

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