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Era primavera y hacía mucho calor. Pasé el día de una fiesta a otra, como si fuera un personaje existencialista de película de los sesenta, salvo que estos suelen ser más bien delgados y taciturnos. Yo hablé por los codos.

La caída de la tarde fue de una especial dulzura y recorría las calles en un discreto estado de exaltación psicodélica con los ojos bien abiertos, pendiente de las escenas que se me ofrecían. En la Cuesta del Progreso toda una alegoría medieval. Una vieja mendiga, apoyada en su bastón, apenas puede con su alma. Muy pequeña, apenas es, envuelta en un abrigo hasta el cuello y escondida tras unas gafas de sol. Una muchacha de aspecto eslavo e insultante vitalidad la adelanta corriendo con los auriculares puestos, el pelo recogido en una coleta al trote sobre su espalda. La anciana detiene su paso y se queda mirando embobada a la joven que se aleja. Luego rompe a reír.

Más adelante, a través de la puerta entreabierta de un patio, una talla de madera cuajada de flores y orfebrería, un hombre de ojos ardientes, ataviado con una túnica de terciopelo, ensangrentado, agonizante.

La noche cayó y se fue estirando sin esfuerzo. Acabamos cerrando el último bar y ya en el instante errático de la despedida, un par de chicas de unos veintitantos años se nos acercaron. La propuesta era extravagante: acompañadnos, vamos a encender una chimenea en un lugar secreto, pero no le habléis a nadie de ese sitio.

Algunos se retiraron, desconfiados, los más audaces o más ingenuos las seguimos por las estrechas y empinadas calles del que fue el barrio judío. Una última escalinata finalizaba en la cancela de una especie de palacete abandonado. Las chicas entraron hablándonos en susurros y las seguimos. Incluso en la oscuridad era evidente que el carmen estaba en ruinas, la maleza había invadido escaleras y terrazas. Puertas y ventanas o no existían o eran incapaces de cumplir con su función. Intercambiaron unas palabras con unos chavales que estaban durmiendo al raso sobre un sofá, en uno de los porches, la noche era tibia.

Pasamos al lado de un huerto, éste sí, bien cuidado y tras atravesar tropezando un área llena de malas hierbas y muros derribados alcanzamos una especie de chimenea incongruentemente situada en el exterior. Apenas había una botella de cerveza, una luna débil y unas pocas estrellas. Una de las chicas puso una enorme determinación en recoger leña y encender la chimenea, tarea nada fácil en el estado en que nos encontrábamos y con único mechero exhausto. Nos echamos sobre unas colchas que tapaban un colchón junto al fuego. La cerveza caliente, la escasez de tabaco y el humazo acre de los hierbajos secos nos transformaron por un instante en un improbable cónclave de mendigos. A mi lado una muchacha me dijo que estudiaba ruso y árabe. Hablamos del sonido de la viola, la guerra de los Balcanes y de experiencias con sustancias visionarias, lo que no estuvo nada mal para no conocernos de nada. Cuando finalmente se consumió el fuego estábamos todos en silencio.

Los pájaros, antes de que el cielo empezara clarear, anunciaron el fin la noche. Apagamos el fuego, volvimos a atravesar la maleza y el jardín, de nuevo a punto de rompernos la crisma en alguna zanja. Las chicas cerraron el portón de hierro y bajaron con nosotros. Nos despedimos en la normalidad de la calle Pavaneras, que nos recibió como un viejo pariente. No me ha resultado difícil guardar el secreto, sería incapaz de volver a encontrar esa cancela.

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