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Linneo, Carl Nilsson Linæus, Carolus Linnæus o Carl von Linné (1707-1778) fue una auténtica leyenda de su siglo, un siglo que no anduvo precisamente escaso de gigantes del conocimiento. Rousseau, poco dado a hablar bien de nadie, le hizo llegar el siguiente mensaje : «Dígale que no conozco a un hombre más grande en la tierra» (1).

Si aún hoy a bastante gente le suena el apellido de un probo científico sueco es por haber creado la taxonomía moderna y en concreto haber asentado el sistema binomial de clasificación de los seres vivos (Rosa canina, Panthera tigris, Cervus elaphus, Cannabis sativa). Tras considerarlo mucho tomó la decisión, trascendental y creo que infravalorada, de incluir al hombre en esa misma clasificación, como uno más de los seres vivos, dando lugar a esa fabulosa abstracción, el homo sapiens. (2)

Varón de energía desbordante, dado a joviales, agotadoras jornadas de campo con sus alumnos, no hubo especie en el mundo conocido que escapara a su furor clasificatorio. Desde su despacho de catedrático en Upsala mantenía una fluida correspondencia con discípulos repartidos por todo el planeta de los que recibía, insaciable, datos, información y plantas.

Carlos Linneo de sport.

Carlos Linneo de sport.

Pero lo que encendió la imaginación de su época fue el haber introducido la sexualidad en el hasta entonces casto mundo vegetal. Poetas y pintores ya lo habían intuido, pero las relaciones entre las flores y el amor devinieron en lugar común y gazmoñería. Siguiendo las ideas de Sébastien Vaillant, Linneo atribuye a las plantas órganos sexuales y crea una clasificación científica en consecuencia. Esto nos parece ahora inevitable, no podríamos concebir el mundo de otra manera, pero en su momento causó sensación que la ciencia sancionara una nueva naturaleza desbordante de eros, sexualizando el lugar de la pureza.

A la hora de difundir la buena nueva emplea todos los recursos de la persuasión. Puede ser literal y algo aburrido.

«Los sépalos son el tálamo donde se juntan los estambres y los pistilos, con su forma de cetro. Los filamentos son los conductos espermáticos, el estilo es el pasaje maternal o vagina, el óvulo los ovarios, el pericarpio el ovario fértil y la semilla es el huevo.»
(Sponsalia Plantarum, 1746)

Pero, puestos a abusar de la metáfora, podía soltarse mucho.

«Los pétalos de la flor, o corolas, no contribuyen en sí a la generación. Sirven solo de lechos nupciales que el gran Creador ha dispuesto de manera magnífica, ha adornado con generosas cortinas y ha perfumado con un sinfín de fragancias deliciosas, donde el novio y la prometida pueden celebrar sus esponsales con la mayor de las solemnidades.»
(Præludia sponsaliarum plantarum, 1729)

Y ya, definitivamente jacarandoso, observa en otra obra.

«La primavera es la época de la belleza. Todo cobra vida y florece en primavera, y todos los rincones bullen con las delicias del amor.»
(Calendarium Florae, 1757)

Es fácil comprender que a muchas almas sobrias esto les pareciera un sindiós, entre ellos el botánico Johann Siegesbeck, que calificó estas visiones de “aborrecible prostitución”

Hace años, en medio de otro verano insufrible, una amiga de paso por Madrid se quedó un par de días en mi casa. Un domingo por la mañana propuso ir al Real Jardín Botánico, idea que me pareció insensata. Me equivocaba. Paseamos por ordenados huertos, abundantes en etiquetas, que evocaban por igual las arideces del archivo y los placeres del paraíso. A continuación una serie de pabellones intentaban reproducir las condiciones de humedad, temperatura y vegetación de diferentes ecosistemas y uno pasaba con un asombro decimonónico de las sofocantes sensaciones de la selva a la seca transparencia del desierto.

Al final había una exposición de Edvard Koinberg. Con el título de Herbarium Amoris recogía una serie de imágenes que este fotógrafo, también sueco, captó con mucha paciencia de entre las especies de su jardín, enfatizando esa esencial genitalidad de las flores con que Linneo embriagó a sus contemporáneos.

Como todas las revelaciones sólo se produjo una vez. La revisión de las fotografías –extraordinarias por otra parte- no ha vuelto a perturbarme de forma similar. Recuerdo (y es un recuerdo que me hace mucho bien) una sensación incomunicable de loca alegría contemplando aquel mundo de suaves humedades, sombrías, fragantes. Insensatamente bello, secreto, indiferente. Olvidado por un único instante del tiempo que lo arrasará. Abismado en su propia perfección.

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(1) Podemos imaginar el impacto en el impresionable Jean-Jacques de pasajes como este: “La observación de la naturaleza es un anticipo del gozo celestial, la felicidad constante del alma y el albor de su completo renacer. Así mismo constituye el apogeo de la felicidad humana. Por lo que respecta al alma, es como si el hombre se despertara de un letargo opresivo y caminara en medio de una brillante luz, olvidado de sí mismo y pasando su vida en una especie de tierra celestial o cielo terrenal”. (De Curiositate Naturali, 1748)

(2)  No siempre estuvo tan fino, incluso un hombre como Linneo puede tener un mal día. No me puedo resistir a citar su clasificación de las razas involuntariamente humorística, rabelesiana, ubuesca.

Blanca (europeos)
Blancos, sanguíneos, musculosos, cabello rubio y ondeado, ojos azules, versátiles, agudos e industriosos, se visten con ropas ceñidas, se rigen por leyes.

Amarilla (asiáticos)
Cetrinos, melancólicos, rígidos, cabello y ojos oscuros, severos, fastuosos, avaros, se visten con ropas holgadas, se rigen por opiniones.

Roja (nativos americanas)
Rojos, biliosos, erguidos, cabello negro, recto y grueso, nariz ancha, cara pecosa, casi imberbes, tercos, contentos, libres, se pintan líneas curvas rojas, se rigen por costumbres.

Negra (africanos)
Negros, flemáticos, laxos, cabello negro y crespo, piel aterciopelada, nariz roma, labios abultados, mujeres con delantal de Venus y pechos colgantes, astutos, perezosos, negligentes, se untan con grasa, se rigen al arbitrio.

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