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A veces siento un hartazgo de sensibilidad del siglo XXI. Te descuidas y tu vida se acaba llenando serie a serie de cancioncillas indie, “shut your fuck up!” y personajes en prendas cómodas que dicen “¡genial!”.

Por eso me ha alegrado mucho volver a ver “Les Enfants du Paradise” (Marcel Carné, 1945), una grandísima película, muy bella y muy triste. Con sus hiperbólicos ciento ochenta minutos que las ordenanzas de Vichy obligaron a fragmentar en dos películas (“Le Boulevard du Crime “ y “L’Homme de Blanc”), nos seduce como el último gran festín de la novela francesa del XIX.

Hay encuentros en callejones, amantes subiendo por crujientes escaleras de madera, hay camerinos, palcos y duelos al amanecer, foyers fastuosos y mujeres disfrazadas de pájaro entre bambalinas, fatalidad y monóculos, carnavales, desesperación, infidelidades y espejos.

Marcel Carné quería hacer una película sobre Jean-Gaspard Deburau (nacido Jan Kašpar Dvořák) el maestro de la pantomima que dotó a la figura del Pierrot de los melancólicos rasgos lunares que lo harán una presencia ubicua en la mitología de los simbolistas. Jacques Prevert (guionista, poeta, inventor de los cadáveres exquisitos y letrista de Yves Montand, Juliette Gréco o Édith Piaf) detestaba a los mimos, pero quería escribir la historia de Pierre François Lacenaire, poeta, nihilista y asesino que interesó a Dostoyevski y a Foucault. Se dio cuenta de que jamás podría hacer con los alemanes una film sobre Lacenaire, pero sí introducirlo como personaje en una ficción sobre Deburau.

No fue el único azar conveniente. La mera existencia de la película es un milagro. El rodaje se prolongó de 1943 a 1944 en medio de todas las restricciones imaginables durante la ocupación alemana. En sus vastos decorados se mezclaban miembros de la resistencia con notorios colaboracionistas. Alexandre Trauner (futuro director artístico de los films de Billy Wilder) y Joseph Kosma, (alumno de Bela Bartok y el compositor de Les feuilles mortes), ambos judíos, trabajaron en secreto durante la producción, escondidos en las casas de Carné o Prevert. Resulta emocionante ver a Maria Casares, hija de un jefe de gobierno de la Segunda República y futura leyenda de los escenarios franceses, en la época en que probablemente inició su relación con Albert Camus.

Por contra, su protagonista Arletty -nombre de guerra de Léonie Marie Julie Bathiat, musa de pintores que desafiantemente hizo toda su vida lo que le vino en gana y que murió muy viejecita- no pudo asistir al estreno, encarcelada por haber mantenido relaciones sentimentales con Hans-Jürgen Soehring, un oficial de la Luftwaffe (que moriría años después en el Congo Belga, atacado por un cocodrilo, la vida es muy extraña). Al respecto de ese affaire se le atribuye el comentario: «Si mon cœur est français, mon cul, lui, est international!»

“Les Enfants du Paradise” es un afectuoso homenaje al teatro, pero también una asombrosa, febril historia de amor, donde cuatro hombres: un mimo que no es de este mundo, un actor narcisista y libertino, un brillante criminal y hombre de letras y un aristócrata cruel, víctima del ennui, luchan en vano por retener a Garance, una mujer de naturaleza insobornablemente libre que siempre acaba escapando de sus amantes. Semejante historia era impensable en el cine americano de los años cuarenta. Lo sigue siendo ahora.

Un último comentario sobre los “enfants du paradis” del título. Se trata de los ocupantes del gallinero, lo que los ingleses llamaban “the gods”, los jóvenes trabajadores que copaban tumultuosamente los asientos más baratos, arracimados cerca de las escenas celestiales que poblaban el techo, a veces sentados a horcajadas sobre los pretiles para celebrar ruidosamente los lances de representaciones con títulos como “Los peligros de la selva virgen” o “El crimen y la virtud”. Jacques Prevert amaba a ese público robusto, sincero, vital, en cuyo entusiasmo creía encontrar -como el Preston Sturges de “Sullivan’s Travels”– la salvación del artista.

En la película, Marcel, el director del Théâtre des Funambules se expresa de manera elocuente al respecto (durante todo el film los diálogos de Prevert, tan antinaturales como fluidos, son admirables).

“¿Y por qué?, porque nos quieren castigar, ¿y por qué?, porque nos temen. Saben que si hiciéramos comedia tendrían que cerrar con llave sus nobles, grandes teatros. Allí el público se duerme con sus tragedias polvorientas y sus momias que se desgañitan sin moverse.”

Eso pensaba Jacques Prevert de sus predecesores, eso pensaron luego los muchachos de la Nouvelle Vague del tipo de cine que Prevert, Carné y “Les Enfants du Paradis” representaban (1). Prosigue el bueno de Marcel.

“Mientras que los volatineros son algo vivo, que emociona y vibra. ¡Extravagancias!, ¡la magia con apariciones y desapariciones!, ¡como la vida misma! Y luego el zapatazo y el palo, ¡como en la vida misma!… y el público es pobre, sí, pero es de oro mi público, mire, mire allá arriba… ¡el gallinero! ¡el gallinero!”

Imposible no estar de acuerdo, ¿verdad?, aunque a poco que se piense descubrimos que debido a un largo proceso histórico y cultural que otros estarán en mejores condiciones de describir que yo, pero entre cuyos hitos sospecho que está el estreno de “Star Wars” (una fecha negra para la historia del cine) y el ascenso meteórico de Silvio Berlusconi, se ha consolidado una relación esencialmente depravada entre los chicos del gallinero y los empresarios del espectáculo. Un rápido recorrido por los canales de televisión basta para confirmarlo. Relación que hace definitivamente imposible que vuelvan a darse las condiciones para que pueda hacerse una película como “Les Enfants du Paradise”. Como tantas veces repite ese villano fabuloso de Lacenaire: “Absolument pas!”

Les enfants

(1) Truffaut, ya en los ochenta, tuvo la generosidad de declarar: «Je donnerai tous mes films pour avoir réalisé Les Enfants du Paradis »

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