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La sustancia siniestra de los hoteles es una construcción mítica profundamente arraigada en el imaginario colectivo. Puede que un puñado de películas hayan condicionado nuestra manera de percibirlos, pero es que hay tanto en ellos que nos recuerda la idea del infierno.

Extrañeza y repetición. El que se aloja en un hotel -especialmente si se aloja solo- está de paso en otra ciudad, separado de su mundo, del tejido de costumbres y afectos que mantiene a raya los peligros que acechan dentro de nosotros.

Todas las habitaciones se parecen entre sí, con ligeras e inquietantes variaciones. En los casos más afortunados se intenta conjurar los plácidos goces del hogar pero nunca con éxito. Los objetos revelan fatalmente su procedencia de compras masivas. Todo tiene esa existencia precaria del atrezzo. A veces descorres una espesa cortina y descubres el espanto de un patio angosto de plomo, también está el agua de sus grifos que sabe a ceguera. Cuando alguien ocupa un decorado es porque está siendo observado.

Largos pasillos idénticos a sí mismos en cada planta. En cada uno hileras de puertas casi siempre cerradas. Detrás de ellas, aislados, hombres, mujeres, familias. Se visten, se miran al espejo, se quitan la ropa, se aman, practican abluciones, se acicalan, defecan. Cada uno de ellos arrastra al pequeño espacio que ocupa sus vicios incurables de carácter, los errores cometidos, lo ya irremediable, sus dramas domésticos y sus íntimas felicidades. A veces les llegan por paredes y cañerías evidencias deformadas de la actividad de los otros. Cada puerta lleva escrito un número.

A ciertas horas un hotel es un vasto lugar en silencio ocupado por durmientes, una colmena de sueños.

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