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Mis padres pertenecían a familias de tradición republicana y durante buena parte de su vida fueron ateos prácticos. Sin embargo me llevaron de pequeño a un colegio de monjas. No juzgo con severidad tales contradicciones, yo mismo he heredado cierta falta de coherencia en mis ideas, lo que si por un lado te inclina a la tolerancia por otro es un serio obstáculo para llegar a algo en la vida.

Ese colegio todavía existe, igual que el nombre algo voluptuoso de Siervas del Evangelio. Un palacete decimonónico que entonces albergaba tras sus muros huertas y árboles. Mis primeros recuerdos vienen de ahí, donde antes de ser capaz de escribir ya me iniciaron en las dulzuras de la mariolatría, los dramas bíblicos y sus violencias (me fascinaba en un libro la imagen del tronco decapitado de Goliat, un bravo David con la honda todavía vibrando y un enjambre de filisteos huyendo en desbandada). Te hablaban de un dios que era como tú un niño y que moriría joven y de modo atroz. Y lo haría por ti, por los feos actos que te esforzarías en balbucear al confesarte por primera vez, arrodillado en un gran mueble hecho de madera y oscuridad, híbrido de piano y patíbulo. Con siete años te vestían como si fueras a embarcarte y te sumergías en una ceremonia ritual colectiva. Recitaciones y respuestas. Vasos sagrados que parecían rescatados de un tesoro. El mismo dios que creó el mundo y al final del tiempo te juzgaría, era depositado en tu lengua. Uno se daba cuenta de que nada cambiaba, pero la decepción se desvanecía pronto porque era Mayo y todo en ese día era memorable. La gran juerga de la infancia.

Una mitología compleja y refinada, no exenta de ñoñería. Luego hay que vivir toda una vida con ella. He conocido a gente más joven, donde esa función dispensadora de mito y escalofrío la cumplió con solvencia Star Wars y no somos tan diferentes.

Era el lugar de las monjas. Un mundo estéril de orden y silencio, donde habitaban esas mujeres con su extrañeza de pájaro enorme.

El uniforme no lograba anularlas. Los rasgos de algunas permanecen. La que nos ponía a dibujar era la más joven de todas. Incluso tan pequeño tenías conciencia de su fragilidad y su tristeza. Yo la encontraba hermosa. Tenía un eccema en una mano que procuraba esconder.

Había otra, gorda, formidable, que reía mucho, se ponía colorada y se palmeaba los muslos como una campesina ucraniana del realismo socialista. Se entendía perfectamente con los niños y no pintaba demasiado en aquel pequeño estado.

Porque eso, quién manda, es algo que el niño percibe con asombrosa precocidad. La desabrida segunda de a bordo daba la sensación de un hombre disfrazado de monja, un hombre absurdamente parecido a Cesare Pavese. Nuestra primera exposición a lo que podríamos denominar el alma árida del burócrata. En ocasiones aparecía la directora, una abuela no muy alta de gafas redondas, con una autoridad tranquila, escéptica y vaticana.

Entiendo que con las primeras imágenes que perviven de los años inaugurales de la vida construimos un relato legendario y fraudulento. Tampoco me cuesta imaginar aquel palacete como una cárcel de neurosis e insomnio, sus ventanas cegadas por la escarcha de la monotonía, la renuncia y la envidia.

Pero quiero creer que existió una escalera con aspidistras que ascendía a la secreta tercera planta, inundada de luz. Que una gruta de piedra se elevaba como un sueño entre los surcos de un huerto, en su interior el temblor de las velas y una blanca divinidad femenina. Que unos cuantos nogales y plátanos eran un bosque y en otoño el suelo se cubría de hojas muertas, que la sangre de un niño herido tiñó de rojo oscuro un charco y que en verdad ocurrió el sonido de las campanas ahuyentando a los pájaros y el sabor a tierra de las nueces.

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