Etiquetas

, ,

Michel Houellebecq ha escrito el mismo libro de siempre y esta vez lo ha hecho con cierta dejadez. No hay que ser demasiado severo, todo autor tiene sus caídas. Algunos momentos alucinatorios de “La Posibilidad de una Isla” y una inmersión en universos domésticos a lo Simenon en la segunda parte de “El Mapa y el Territorio” apuntaban hacia posibles variaciones de su imaginario. Esta vez, sin embargo, ha decidido seguir el impulso que Hitchcock denominaba “run for cover” y ha regresado a territorio familiar. Esa suma de reiteración y desaliño acaba por hacer molestas sus particularidades. Lo que antes defendíamos como personalidad se nos aparece ahora como una serie de tics: el sempiterno protagonismo de su alter ego -antihéroe existencialista, depresivo y erotómano-, diálogos discurso cuya irrealidad se intenta maquillar con el minucioso conteo de las delicatessen que François ingiere y las copas que mientras tanto se pimpla, el hábito de organizar toda una novela en torno a una idea fuerza de desafiante incorrección política. Houellebecq es un escritor de ideas.

-Oiga, joven. ¿Qué escribe ese tal Houellebecq?

-Novelas de tesis.

-¡Coño, como Gironella!

Su mala leche sigue intacta y al lector devoto le esperan algunas carcajadas. Hay fulgores: un estudio comparado de videos en YouPorn, una perturbadora imagen de devastación en una gasolinera, una magnífica escena final. Aun en las ocasiones en que resulta fallido no puede dejar de ser interesante. Houellebcq no se hace ilusiones y le trae sin cuidado que le consideremos un alma bella, lo cual le dota de un ojo penetrante para captar el espíritu del tiempo. En ese sentido no hay queja. La propuesta de su novela –no desvelo nada si recuerdo que especula con la posibilidad de una islamización de la República Francesa- es provocadora y sugestiva, la descripción de los mecanismos sociológicos, políticos y culturales que harían posible semejante mutación tiene la brillantez habitual. Sin embargo, entusiasmado por el brío del discurso, ha descuidado la carpintería exigente y modesta de la verosimilitud. En este caso, además, su misoginia le ha jugado una mala pasada. Al obviar por completo la reacción de las mujeres ante un proceso de semejante calado, asesta un golpe mortal a la credibilidad del relato, que entonces deviene parábola y hasta chiste privado.

Pese a lo que podría imaginarse, “Sumisión” no es un libro islamófobo. Al contrario, jamás había leído argumentos a favor de la religión islámica más persuasivos que los pronunciados por algunos de sus personajes.

Sumisión.indd

Anuncios