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Como ya me tengo muy visto, no puedo dejar de percibir algo fraudulento en las frecuentes celebraciones de la belleza del mundo con las que el lector casual de este blog se habrá topado. Un entusiasmo a veces exagerado, admitámoslo, que me hace parecer un locuaz vendedor de arrobamientos

Porque en ocasiones, como todos, uno se siente mal. Nos asaltan brotes de desesperanza y pánico, presagios, negras epifanías que no hay Bach, amanecer, florecilla o vídeo de gato que pueda aliviar. Teniendo en cuenta que he exhibido aquí asuntos tremendamente íntimos, nada me impediría dar cuenta de esos pensamientos abismales, pero salvo alguna excepción los escamoteo. Es cierto que un mínimo instinto de supervivencia aconseja no mostrar en público tus flaquezas, pero no, no es el pudor estoico, uno no lo hace porque al fin y al cabo quiere que lo lean y sabe que hay cosas que nadie quiere escuchar.

Y es curioso porque, al contrario, una especie de fatalismo cósmico es el tono habitual en las redes sociales. Hable de la pesadilla de vivir en este sistema, de la inevitable destrucción del planeta como consecuencia de nuestros pecados de avaricia, rásguese las vestiduras afirmando que se avergüenza de la condición humana; siempre encontrará un apoyo entusiasta, sus amigos pugnarán en los comentarios por expresar de la manera más contundente su asco y su náusea. Podríamos decir que ése es el pensamiento correcto. En términos políticos el optimismo se considera sospechoso.

Pero vamos a reducir la escala, pasemos de la lejana impersonalidad del Leviatán a las dimensiones del hombre concreto. Atrévase a aplicar ese fatalismo a la vida, a su vida, la de cada uno de nosotros. Pruebe a especular con la posibilidad de que no se cumplan nuestros sueños, de que las cosas no acaben necesariamente bien, intente describir ese miedo que nos sigue a distancia a cada paso que damos y que no queremos mirar a los ojos. Un arbusto seco arrastrado por el viento pasará en medio de un silencio incómodo. Nada. En el mejor de los casos recibirá cariñosas admoniciones de los amigos sugiriendo un cambio de hábitos.

El infierno está en nuestro interior. Todos tenemos el nuestro, pero no se comparte. Nos pasamos una vida construyendo muros de contención para ocultarlo y simulacros de sentido para olvidarlo. Hay que mantenerlo a raya.

Y venga, ya está, no pasa nada. Otro día nos echamos unas risas.

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