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A veces recibimos a través de terceros revelaciones imprevistas sobre los demás, se nos refieren actos que no tienen nada que ver con la imagen que nos habíamos hecho de alguien. Puede tratarse de asombrosas debilidades o de algún hecho indigno, un secreto de familia que sale a la luz, también una aventura amorosa jamás sospechada, puede llegar a tus oídos un rasgo cruel o una absurda vanidad, nos enteramos años después de una infidelidad o de un comportamiento inaceptablemente mezquino o bufo.

Hay algo que nos conmociona más allá de la decepción o la ligera sensación de ridículo al haber sido los últimos en saberlo. Es el descubrimiento de que no llegamos apenas a desentrañar la superficie de lo que creíamos conocer. Hay una parte del otro que siempre se nos escapará. Para poder vivir necesitamos establecer una serie de juicios de valor sobre quienes nos rodean, categorías, casilleros en los que los ubicamos para sentir cierta seguridad. La nueva luz que esos hechos arrojan sobre ellos abre una fisura en la realidad que amenaza con poner todo en cuestión.

Podemos estar equivocados incluso respecto a nosotros mismos. La sufrida imagen de nobleza, dulzura y abnegación con la que nos investimos pudiera muy bien resultar falsa, quizás hay dentro de nosotros reservas de vileza, frialdad e ingratitud que somos incapaces de ver. El mundo puede de repente ser muy diferente y en ese otro mundo paralelo ya no nos valen nuestros viejos recursos de orientación.

Es una sensación inquietante, como si al salir una mañana los nombres acostumbrados de las calles fueran otros, como si un buen día el rostro mil veces visto en un cuadro hubiera cambiado su expresión, como si tras los acordes iniciales de una música familiar y querida apareciera una melodía irreconocible.

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