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La sabemos insensata, ridícula, fatua, una idea contraria a la lógica de las cosas y, ya puestos, ni siquiera deseable. Pero qué hallazgo el de la resurrección, qué atrevimiento, qué esperanza delirante.

Uno la puede imaginar como un hecho furtivo, de una sencillez aterradora, algo que ocurre a primeras horas, durante ese asombro que es el principio mismo del día. Hay siempre un momento previo en que el silencio se ahonda y cesan finalmente los sonidos de la noche. Dura apenas un instante, el canto de los pájaros no tarda en romperlo. La voz primera de uno da comienzo a todo, los demás se van sumando mientras la luz, lenta, imparable, empieza a disolver la oscuridad. Del negro a un gris que ya contiene el azul final. Aparece el color de las cosas y la frágil, fresca transparencia de los primeros perfumes de la mañana. Los pájaros se lanzan entonces a la alegría del vuelo, levantando un muro de sonido mientras el sol termina de barrer las sombras y el resto de los animales abre los ojos. Ha ocurrido sin que nos demos cuenta, apenas entre susurros. Hay ahora una tumba abierta y un sudario abandonado. Hay en algún lugar el escándalo de un corazón que ha vuelto de nuevo a latir, alguien que ha regresado de entre los muertos –gratitud, espanto y vergüenza- y respira de nuevo el aire de esta tierra.

Es una idea infantil, qué duda cabe. Los niños muy pequeños siempre dicen, “otra vez” cuando algo les gusta o les divierte, exigen la repetición incesante de aquello que les procura placer. A nosotros nos gusta demasiado esta vida, la nuestra, con su dimensión de incumplimiento y de ridículo, los vicios queridos, la melancólica belleza de sus rutinas, sus sumisiones y sus secretas glorias. Otra vez, otra vez.

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