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Ocurrió hace mucho tiempo y yo era ingenuo y triste. Habitaba una vivienda en el Bajo Albaicín que limitaba con un cuartel militar, una iglesia renacentista –la cabecera de mi cama muro con muro con el cuerpo superior del retablo del altar mayor, lo que hacía del amor una experiencia perturbadoramente sacrílega- y finalmente con la casa de un legendario clan de delincuentes de la ciudad: un matriarcado feroz con caballos, aves de corral y coches siempre cambiantes aparcados a la puerta. Limpiarlos a manguerazos al sol era una de sus grandes alegrías. En el bajo, la viuda de un banderillero intentaba sacar adelante un insuficiente negocio de alimentación luchando contra la desidia de un hijo endeble. A veces soñaba que su marido se le aparecía en sueños y la acariciaba y entonces lo contaba, todavía estremecida, a sus vecinas. Yo veía su patio desde la ventana de mi cocina. Sobre sus paredes, alicatadas con azulejos de una fealdad irremediable, colgaba una foto del difunto a la que el sol había comido el color. A su alrededor, formando inequívocamente un altar, un par de macetas con geranios, las orejas de un toro y unas moscas forjadas en metal del tamaño de una mano. Siempre sentía un pequeño desasosiego al tender la ropa y ver ese patio, al que aquel modesto culto funeral impregnaba de una melancólica extrañeza.

Yo estaba en el principio exaltado de lo que sería una larga relación. Ella era actriz y aquel fin de semana tenía un bolo en otra ciudad. Cuando nos despedimos me entregó un pequeño paquete con la orden expresa de que sólo lo abriera al caer la noche. En cuanto se encendieron las farolas de la calle rompí impaciente el papel. En su interior una ostra portuguesa sellada con pegamento. Al separar las valvas con un cuchillo pude ver un montoncito de cogollos de marihuana sobre el interior nacarado. No podía imaginar un regalo más encantador, así que puse una música con posibilidades psicodélicas, me arrebujé en el sofá con las faldas de una mesa camilla y me preparé un porro, tan contento, dispuesto a un par de horas de ensoñación plácida.
Más tarde supe que la marihuana provenía de unos colegas jipis de Aracena, que se dedicaban al autocultivo. Bravo por ellos.

Las cosas fueron mal desde el principio. La música empezó a resultar demasiado inquietante y me afectaba de un modo físico. Cambié un par de veces de disco pero cualquier melodía se estiraba en el tiempo hasta hacerse incomprensible. El ritmo cardiaco se aceleró y una serie de descargas nerviosas me recorrían el cuerpo. Desconecté el equipo y todo quedó en silencio, lo que creaba una insoportable sensación de inminencia. De los estrechos callejones bajo la ventana del salón llegaba alguna voz dura, susurros, un casco de caballo golpeando un muro. Nunca me había pasado algo así. La realidad se transformó en una amenaza. Atrapado en un estado de hipersensibilidad sin control, el más mínimo estímulo amenazaba con hacer estallar mi cabeza. Me refugié en el dormitorio con la luz apagada, tumbado en la cama. Se me ocurrió que la radio, una emisora común de onda media, lo cotidiano absoluto, sería capaz de arrastrarme de nuevo a la realidad. No fue exactamente así.

Media canción de Milli Vanilli se transformó en algo más intenso que la Consagración de la Primavera. La ridícula cancioncilla de aquellos efímeros tunantes había mutado en un himno de agradecimiento, luminoso y pastoral, espuma de mar, frutas y flores estallaban alrededor de la cama. No duró mucho, un familiar tema de Vangelis dio paso a los informativos. Aquella música repetitiva fue como un agujero de gusano que me arrastró de nuevo a un huracán de pánico, con algunas paradas en pavorosos vacíos entre galaxias. Las noticias desgranaron a continuación un cúmulo de atrocidades que mostraban un mundo salvaje y extraordinariamente vulnerable, al borde mismo de la aniquilación. Me di cuenta entonces de que me había agazapado en posición fetal. El corazón golpeaba a toda velocidad. Dejé de resistirme, dispuesto a aceptar todo lo que me viniera encima.

Pasaron a informar de la campaña electoral en Galicia. Por aquel entonces a un jerarca conservador se le acusó con gran escándalo (¡qué tiempos!) de gastar dinero público en una chocolatada del partido. Conectaron en directo con un mitin del PSOE, Alfonso Guerra, político dotado de una malicia ruda y temible, arengaba al público. El sonido de los aplausos y gritos llenó toda la habitación. En mi imaginación distorsionada el vicepresidente del gobierno se había transformado en una insignificante figurilla gritando a voz en cuello para sobresalir entre el estruendo oceánico de una masa mil veces más vasta que los Congresos de Nuremberg. Su voz histriónica clamaba, sobresaliendo como un triángulo en una orquesta wagneriana:

-¿Sabéis cómo vamos a llamar a este tío?

¡No! Negaban entusiasmadas las masas.

-¿Sabéis como le vamos a llamar?

¡No! Volvió a gritar un público que anticipaba, enloquecido de euforia, el chascarrillo final.

-¿Sabéis cómo?

Su voz estridente empujaba hacia el límite a una multitud fuera de sí.

-¡El merendillas!, ¡el merendillas!

Y Alfonso Guerra desapareció, engullido por una erupción solar de sanas carcajadas gallegas.

Yo también fui barrido por un ataque de risa. Reí a solas, reí como pocas veces lo he vuelto a hacer y aquella risa expulsó en el acto a la muerte de la habitación. Encendí la luz y las cosas volvieron a mostrar su lado tranquilizador. Una silla era de nuevo simplemente una silla, el desorden era el mismo de siempre y lo que tantas veces encontraba deprimente me pareció hasta hermoso. Todo había pasado. Aquel político todopoderoso que fardaba de mahleriano y que acabaría cayendo en desgracia había sido mi chamán.

En otra ocasión completamente diferente, la voz muy querida de una mujer volvería a sacarme de una de esas tontas crisis, diciendo por teléfono las palabras justas. Pero la primera vez nunca se olvida.

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