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Lo tengo difícil en un día como este. La atmósfera está saturada de electricidad política y es lógico que así sea. Cualquier otra cuestión queda reducida a la irrelevancia.

Dadas las circunstancias hay que descartar cualquier entrada de tipo personal. Carece de sentido que me ponga a escribir sobre deslumbramientos íntimos y ya de mencionar mis tristezas ni hablamos, nada de exhibir hoy mis heridas en público, uno no se abre la camisa y muestra el corazón sangrante para que encima no le hagan ni caso. Hablaremos de política entonces.

Hay algo de drama en cualquier cita electoral. Ni siquiera la frecuente aparición del esperpento contradice esta afirmación. Se trata de una guerra domesticada, ritualizada, en la que se enfrentan conglomerados de intereses y visiones salvíficas del mundo, diferentes ideas sobre cómo manejar el caos de lo real, todo ello bajo unas reglas minuciosamente codificadas para evitar que el enfrentamiento sea cruento. Aceptamos cierto nivel de hipocresía, la votación no sólo tiene su origen en un anhelo igualitario, es que ahorra mucha sangre.

El drama se representa a lo grande. Los candidatos cantan sus arias en vastos espectáculos que incluyen la participación de multitudes. Se recitan poemas, se abrazan niños, se sueltan palomas y se escupen sin medida metáforas. La política está preñada de sentimentalidad.

Y qué rico material teatral. Lealtades de toda una vida, gigantescas efusiones de esperanza, conspiraciones en la sombra, aclamaciones en las plazas, alianzas contra natura, traiciones y juramentos en falso, pactos bajo cuerda, decepciones, ascensos fulgurantes y caídas legendarias. Los candidatos no son sólo aspirantes a ejercer el poder, los percibimos siempre como personajes de un melodrama turbio, complejo, inacabable. Lo que no quiere decir que las consecuencias no sean reales.

Hay finalmente vencedores y vencidos, la familiar tarta estadística que muestra el reparto de escaños no está tan lejos del marcador de la competición deportiva. A veces no ocurren las cosas como uno esperaba, de una manera que nos parece incomprensible muchos de nuestros semejantes se empeñan en votar la opción que nos repugna.

Un rápido repaso a las redes sociales muestra hoy un nada desdeñable enfado. Y lo entiendo, a mí tampoco me ha gustado este resultado. Si bien mis simpatías políticas se mueven alrededor de la franja ideológica ocupada por el partido socialista, no me cabe la menor duda de que su permanente hegemonía en Andalucía resulta inquietante. Entristece ese conservadurismo tenaz de nuestra tierra, que la creación durante décadas de un entramado clientelar, que la pura y simple inmoralidad no sea castigada en las urnas. Y a eso añadir que el espaldarazo a Susana Díaz, la remota posibilidad de que un político de sus características se acabe alzando con el liderazgo no es algo que dé motivos de alegría.

Sin embargo hay una serie de actitudes que no puedo compartir. Todos tenemos el derecho a contradecirnos pero no se puede haber jaleado en éxtasis la voz santa y sabia del pueblo para rasgarse ahora machadianamente las vestiduras ante su crasa ignorancia y hasta cobardía al no haber votado lo que esperábamos. No se puede saltar ofendidísimo como una fiera cuando cualquiera critica a Andalucía y decir hoy “me avergüenzo de ser andaluz”. No se puede bramar contra el bipartidismo pero atacar a un partido emergente bajo la acusación de ser una marca blanca del PP. El resultado de las urnas puede lamentarse, no cuestionarse. Las urnas son una expresión imperfecta pero apelar a la primacia de una supuesta voz de la calle es ejercer una suerte de espiritismo político. Al menos el partido popular parece iniciar una caída libre y, en contra de lo que pudiera parecer, sí que ha habido un cierto cambio, dos partidos irrumpen con cartas suficientes para que podamos creer en la posibilidad futura de un saludable panorama de diversidad política, ¿o es que queremos una nueva mayoría inapelable para seguir reeditando el viejo esquema bicéfalo?

Ahora es el momento de esperar acontecimientos, ver como se comporta cada cual al mancharse las manos con la realidad. Permaneceremos vigilantes.

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