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Les une la presencia abrumadora del pasado y la hoja dura del naranjo, la profusión de blancos, rojos y amarillos. Pero en contraste con la hipersensualizada Sevilla hay en Córdoba algo sobrio, neto, como una sequedad mineral, transparente, Giorgio de Chirico no anda lejos.

Allí que me planté el último fin de semana. Caminaba por la ribera del Guadalquivir bien entrada la tarde, bajo un sol violento y oblicuo, gongorino, el río fluyendo con una pereza verdosa entre el zumbido de los insectos, imagen un poco cargante del devenir. El terreno era compartido por familias con sus niños jugando y por grupos de chicos, la gloria de la adolescencia sin dinero besándose sobre la hierba, uno podía sentir a través de la tierra su sangre pulsando, enrojeciendo labios y piel.

Al final del paseo se llega a la torre de la Calahorra, que defiende la entrada izquierda del puente romano. A la altura del río y de un golpe de vista se puede abarcar la belicosidad medieval de los sillares de la torre, las bandadas de aves atravesando la luz de los arcos del puente, la robusta perspectiva de sus pilares que hace pensar en un grabado de Piranesi. Más allá de sus ojos el agua se arremolina y centellea junto a las viejas ruinas de un molino invadidas por la maleza, como en un Constable. Un pliegue del tiempo donde desembocan los siglos.

El encantamiento permanece tras subir unas escaleras y atravesar el amplio puente, el mismo sobre el que pasaba la Vía Augusta. Al otro lado una imponente puerta renacentista y un arcángel erguido sobre una fabulosa columna barroca y operística, cerca de la Mezquita. Según cuenta la piedad popular en 1578 San Rafael se apareció en sueños a un pío varón y juró que libraría a la ciudad de la peste bubónica, y es palabra de arcángel. Entre ambos extremos una corriente de felicidad sabática de clase media gozando del regalo del sol de marzo. Niños con globos, un señor de mediana edad emporrado, tres chavales –dos guitarras y una flauta travesera- haciendo una versión suculenta del tema de Game of Thrones, melancolías indecibles de ciudad de provincia dibujadas en ciertas caras. En mitad del puente, sobre el pretil, otra escultura de San Rafael se integra con toda naturalidad, altar votivo escandalosamente pagano. Imposible no pensar que tras cada vela un corazón sencillo suplica ser librado de un gran mal, espera el milagro, la imposible suspensión de las leyes inclementes del mundo. Después toca perderse por estrechas calles y plazas que siempre llevan adherido algo nocturno, un principio de perfume y de silencio.

Son momentos en que uno siente que todo está bien y que así debe ser. Contable de modestos arrebatos, notario de mis éxtasis, me empeño no sé con cuánto éxito en transcribirlos, en preservar siquiera un eco indeciso del esplendor de un instante en forma de palabras, turbias, triviales palabras, simulacros de sentido que ni siquiera sé quién leerá.

(De ahora en adelante nos encontraremos por aquí cada lunes. Sea.)

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