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En torno a los doce años, cuando la testosterona empieza a impregnar tu carne y tu sangre, desatando mutaciones y despertando el aguijón del deseo, el ridículo desciende sobre la semidivina figura paterna y empieza a disolverla, pues nada, ni siquiera el odio, es más devastador.

Antes que las primeras erecciones, la señal del fin de la infancia es ese momento en el que sin previo aviso te avergüenzas de tu padre. Tu padre era unas manos que sabían encender un fuego, una voz grave que escuchabas con los ojos cerrados, un gigante que a veces te subía sobre sus hombros. Y de repente, aquella presencia invulnerable pasa a adquirir los rasgos de un grotesco usurpador. Empiezas a despreciar sus hábitos, sus arbitrariedades y contradicciones, sus ideas timoratas, sus gustos anticuados, su nostalgia del pasado, las primeras señales de la vejez sobre su cuerpo. Sobre todo –nadie dijo que la vida sea justa- lo desprecias precisamente a causa de sus fracasos y su insignificancia, de las renuncias que hizo por ti.

Lleva tiempo cerrar esa herida. En mi caso empezó a ocurrir en torno a los treinta y tres años, durante una experiencia con LSD. Contemplándome ante un espejo vi con asombro pero sin terror todos los rostros que había en mí. Los vi de manera simultánea, el niño que fui y el adulto que era, los posibles ancianos que sería y –esa fue la revelación- el rostro de mi padre escondido en el mío. Ahí empezó un viaje de vuelta.

Poco después me diagnosticaron una malformación cardiaca que heredé de él, no demasiado alarmante pero que durante un tiempo me hizo obsesionarme con no ser otra cosa que una peculiar variación, fruto del azar, sobre la figura de mis padres. Luego viene esa fase en la que dejan de ser tu red de seguridad, tu último refugio en los malos tiempos y son ellos los que pasan a depender de ti, esa primera vez en que te descubres regañándoles por una trastada y, cambiados los papeles, ves como intentan justificarse con pequeñas mentirijillas.

Cuando murió yo estaba a su lado en una habitación de hospital, escuchando su respiración inconsciente. Me ausenté durante no más de un par de minutos para ir al baño –ah, siempre la comedia en los grandes momentos- y a la vuelta todo estaba igual pero en silencio. Ya no respiraba. Tuve el ingenuo impulso de cogerle la mano, acercarme a su oído y despedirme. La elocuencia me falló y únicamente acerté a darle las gracias por todo.

Sólo una vez que desaparece de tu vida empiezas realmente a ser lo que te ha tocado ser, aunque a veces te sorprendas descubriendo manías y peculiaridades de él en ti o en tus hermanos. A veces el escalofrío de verlo congelado en alguna foto, tan extraño, tan diferente y sin embargo perdurando en tu voz, en ese rictus de los labios al posar, en tantas cosas que tú eres.

Recuerdo la primera vez que volví a verle en mis sueños. Yo acabé habitando una larga temporada en la casa en la que mis padres vivieron sus últimos años. Soñaba que volvía de la calle, cargado de bolsas llenas de viandas. La cocina estaba bañada en esa luz sin tiempo del sueño profundo. Allí estaba él, con los mismos años que tengo ahora, no tocado por la edad ni el infortunio. No nos hablamos porque no hacía falta, simplemente le abracé. No me había dado cuenta de lo alto que era, yo apenas le llegaba hasta la cintura, súbitamente transformado en niño. Todo está perdonado.

The Wayfaring Stranger by The Charlie Haden Quartet

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