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Forma pura, cadencia que se propaga. La ola, de frecuente aparición en poemas, pinturas y canciones del verano, comparte naturaleza con la música de Bach, el eco del colapso de una supernova, la radiación del microondas que hace hervir tu loncha de emmental, el canto nocturno del grillo, la voz de los tertulianos o la imagen de Vládimir Putin atravesando el espacio y traspasándonos cuando cruzamos las calles pensando en un rostro recién conocido y que desearíamos besar.

Hay una sensación primordial que, salvo que hayas nacido en las provincias del interior, forma parte de los primeros aprendizajes, grabada para siempre en la memoria de la carne. Flotar en el mar en medio de un escándalo de luz, el cielo de un azul desaforado. Dejarse mecer, acompasado a una respiración inmensa que te levanta, te ofrece y, benévola, te deja caer de nuevo. A los humanos y a los delfines les gusta jugar con esa fuerza.

No siempre se calculaba bien. A veces perdías pie, la sucesión se rompía y tu cuerpo pequeño era arrastrado a una turbulencia de espuma y arena donde todo desaparecía. Desorientado, rodabas envuelto en trozos de conchas, algas y fragmentos pulidos de cascos de cerveza.

Y luego incorporarte aturdido y el mundo todavía ahí, entre el clamor de la resaca. Salir del agua, titubeante, vivo e indigno, buscando con los ojos ardientes de sal los colores de la sombrilla y del bañador de tu madre para recomponer de nuevo el orden de las cosas. Y así siempre.

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