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No es el tipo de asuntos que se confiesan en público, pero una de las cosas que más me gustan en esta vida es acudir a los museos después de haberme fumado, si buenamente se puede, un porro ligero. El THC se presta maravillosamente a las experiencias visuales y confiere a lo ya conocido un bienvenido aire de novedad. A mí, además, me funciona como un estimulante cerebral, posibilitando imprevistas asociaciones de ideas. Así recorro los siglos por las galerías de viejos palacios con una sonrisa beatífica, sumergiéndome en los mundos abiertos tras cada marco, en un estado de ánimo a la vez analítico y exaltado, transformado en súbito y chapucero crítico de arte, elaborando peregrinas teorías que no resisten un análisis serio, pero que me entretienen como no os podéis imaginar.

Y siempre experimento algo así como un agradable calorcillo al llegar a las salas donde se exhibe la gran pintura holandesa. Uno viene agotado, saturado de las imágenes recurrentes de santos y vírgenes, de varones barbudos en túnica y sandalias, Cristos lacerados, arquitecturas celestiales, batallas, reyes y emperadores. Ocasionalmente la exhibición de un paganismo demasiado cerebral. De repente, te encuentras con unos tipos que empiezan a celebrarse a sí mismos, que encuentran digna de representación su vida privada. Y no sólo burgueses pimpantes, mercaderes o munícipes, en esos lienzos aparecen también alegres matronas, orgullosos panaderos, soldados fanfarrones que nos miran a los ojos y nos plantan cara. Los vemos emborracharse, reír y bailar en ruidosas francachelas, tocar instrumentos musicales, comer, rezar, echarse una siesta, galantear, jugar a las cartas, leer, escribir, contar monedas, manejar telescopios y sextantes, vemos los alimentos que les sacian, los humildes objetos del cada día, sus animales domésticos, hasta su propia orina recogida en frascos de vidrio y analizada por galenos.

A veces la obra no rebasa la categoría de lo pintoresco, otras veces se produce, como en una epifanía, la suspensión del tiempo en los sencillos rituales de lo doméstico, el descubrimiento de lo que –a falta de otra expresión mejor- llamaría la santidad de lo real.

Y pienso, más allá de la pintura, en un arte posible, bueno y rebosante como una fruta madura, luminoso y cordial, ferozmente humano, que no juzgue, que hable de cómo fuimos, de esos modestos goces transitorios que forman nuestra vida tan breve, de esa sucesión de trivialidades que lo son todo para nosotros, que haga perdurar el aquí y ahora.

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