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Sería injusto si negara las horas de placer, comunicación y conocimiento que debo a las redes sociales, pero no puedo negar que el espectáculo de nuestros procesos de pensamiento expuestos a lo vivo ha acrecentado con frecuencia mi tristeza y mi escepticismo respecto a nuestra condición humana. El desprecio constante por la verdad (o, sea lo que sea la verdad, al menos su búsqueda), el fanatismo de la peor especie, el doble rasero constante según las faltas las cometan los nuestros o los otros, la negación de cualquier atisbo de decencia, inteligencia o mera humanidad al enemigo ideológico, la difusión consciente de falsedades, la puerilidad más absoluta en personas a las que se les supone una formación, la incapacidad de ceder lo más mínimo en las propias convicciones, de admitir aunque sea alguno de los argumentos del adversario, la chulería intelectual y una ridícula hipersensibilidad ante la crítica, el verte a ti mismo caer en ello, la magufería más flagrante, el que se preste crédito a las más toscas supersticiones y a las más delirantes teorías de la conspiración, el abuso absurdo de las metáforas, el uso impropio, banal, de las palabras designadas para nombrar el Mal, ese constante proyectar sobre el mundo tu propia infelicidad personal haciéndola pasar por la indignación de un alma bella… Semejante acumulación de extravíos ensombrece mis pensamientos cada mañana, pero se puede decir que ya estoy inmunizado y la aparición frecuente del ingenio, la dulzura, el asombro ante la belleza de lo real compensan los ataques de misantropía.

Sin embargo estos días he tocado fondo. Veo cómo hay gente –a veces personas que conozco, personas inteligentes y afables- que difunden y jalean la teoría de que en mayor o menor grado el brutal ataque terrorista contra la redacción de Charlie Hebdo fue un autoatentado, sin otra prueba que sus prejuicios, la ignorancia y un profundo, irracional odio al imperfecto sistema bajo cuya protección pueden escribir libremente las barbaridades que deseen desde su conexión a internet.

Un odio de tal calibre que es capaz de saltar por encima del más elemental sentido de la lógica, capaz de negar lo obvio, capaz de eximir al ejecutor de su culpa y desplazar ésta hacia la sociedad víctima de sus ataques. ¡Qué extrordinaria perversión de la razón! Cómo vamos a pensar que detrás del atentado esté una minoría de clérigos fanáticos cuyo lenguaje está cargado de llamamientos a una violencia de sentido ritual, cuya cosmovisión puramente agónica está basada en la lucha a sangre y fuego, deseosos de imponer un orden asfixiante, árido, irrespirable, que contradice cada uno de nuestros instintos; es mucho más sensato descubrir detrás de todo ello la mano ominosa de Barack Obama, ¿verdad? Pero es absurdo pedir explicaciones, al fin y al cabo el antiamericanismo es una religión. Es imposible combatir los sentimientos.

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