De las muchas melancolías vinculadas a una ruptura, siempre me ha llamado la atención el reparto de los restos del naufragio, los muebles. Si los miembros de la pareja siguen conservando los amigos anteriores a la separación, estos van a experimentar una extraña sensación de irrealidad visitando sus nuevos domicilios. Muchas cosas en ellos les recordarán la que fue vivienda común durante años, pero con un algo de incompleto e inacabado. Muebles, cuadros, lámparas, adornos, vajillas, que antes formaban una estructura, un único gesto, una proyección de esa unidad psíquica que acabó deshaciéndose, separados ellos mismos ahora, repartidos arbitrariamente, se tiñen de irrealidad e insignificancia, adquieren un aspecto provisional, inadecuado, irrisorio. Cada uno de esos dos nuevos hogares remite a la casa previa, pero tal y como aparecería en un sueño, en un mal sueño.

(29-11-2012)

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