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Llega el invierno y a unos amigos les ha nacido un niño. Lo veo en una foto y como todos los bebés es pequeño, aún indiferenciado y de una fragilidad que exige veneración. Hace frío y habrá que abrigarlo en ésta su primera noche entre nosotros. Llora con los ojos abiertos, llora a pleno pulmón, criaturita, arrojado a un mundo al que intenta acostumbrarse en sus primeras horas y que pasará el resto de su larga vida intentando desentrañar.

Tanto todavía por conocer. ¡Qué fortuna! Pronto empezará a descifrar la luz, la gloria del color, la voz de la madre y las otras voces, la música y los paisajes íntimos del rostro. Habrá una primera vez para el mar, el fuego, las estrellas y el cuerpo de la mujer. Un día sentirá la lluvia en su cara y eso le hará reír. También conocerá el silencio solemne de la nieve y los múltiples misterios del gato, el olor de la caña quemada y el de las noches de verano. Vivirá rodeado de otros como él. Querríamos evitarlo pero también irán haciendo su aparición la ingratitud y la herida, la codicia, la dura obediencia, el miedo, la rabia y las leyes. También Bach y Hamlet, los pájaros y las naranjas, la camaradería, la piedad por el desconocido, las noches sin sueño del amor, la embriaguez, el gozo del conocimiento y del abandono, la alegría de la entrega, la alegría.

A estas horas de la mañana y de la vida, todos estos pensamientos me proporcionan un enorme consuelo.

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