Etiquetas

, , ,

Hace poco reparé en una madre y su hijo pequeño, sentados en un banco cerca de mí; ajenos al resto del mundo que un débil sol de invierno calentaba, sumergidos en un diálogo intimísimo, hecho de palabras apenas con sentido, balbuceos, pequeños gritos. La madre lo sostenía sobre el regazo y su cabeza se lanzaba sobre el cuello del niño fingiendo un mordisco imaginario, “¡que te como!”, decía una y otra vez y el niño reía porque hallaba deleite en esa misma repetición.

Yo miraba el rostro sonriente de la mujer. Sin saberlo, reproducía el juego que su madre y la madre de su madre habrían jugado a su vez, y así probablemente desde tiempo inmemorial. ¡Que te como! No es un juego sin sombras. Tras él se agazapan los ogros y los lobos de los cuentos infantiles, Cronos devorando a sus hijos, el temblor del hombre escondido en una cueva mientras las bestias devoran a un compañero –y él lo oye todo- el pánico primordial del herbívoro corriendo por la sabana para salvar la vida, cegado por el sol, el corazón palpitante del pájaro que vuela mientras la sombra del halcón se cierne sobre él, la descarga ciega que agita al cardumen en las aguas profundas, el espanto de la criatura enredada en la tela de araña.

Que semejante conocimiento abismal haya sido transformado en inocencia y risa infantil dice mucho y muy bueno sobre nuestra especie.

(3-2-2014)

Anuncios