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A miles de millones de kilómetros del lugar donde estoy escribiendo esta entrada hay un pequeño mundo, privado hasta más allá de lo imaginable de luz y calor, describiendo una órbita extravagante en los límites del área de influencia del sol, más allá de los cuales se extiende el abismo del espacio interestelar. Durante escasas décadas, este desconocido gozó de la distinción de ser el noveno planeta de nuestro sistema solar. En el año 2006 y a la vista de humillantes revelaciones sobre su verdadero tamaño, fue degradado a una condición subalterna de planeta enano. Una niña le puso el nombre por el que este impostor es conocido: Plutón.

La vida de Venetia Burney -de casada Venetia Phair, que suena no menos impresionante- transcurre sin sorpresas, tal y como cabe esperar del fruto de una familia de la élite cultural de Oxford, donde teólogos y científicos se mezclan sin aparente escándalo. El hermano de su abuelo ya sugirió en 1878 los nombres notoriamente exagerados de Phobos (miedo) y Deimos (terror) para las irrisorias lunas de Marte, inaugurando lo que parece una tradición familiar.

Falconer Madan, bibliotecario de la Bodleian Libray, uno de aquellos caballerazos victorianos de desaforada actividad intelectual, leía The Times una mañana de marzo de 1930. En sus solventes páginas se hablaba del descubrimiento por Clyde Tombaugh de un nuevo planeta que confirmaba las predicciones de Percival Lowell décadas antes. Su nieta Venetia, de once años, así como quien no quiere la cosa, sugirió entonces ponerle el nombre de Plutón, el dios del inframundo, entre cuyas habilidad estaba la de hacerse invisible. Falconer Madan no dudó en ponerse en contacto con un astrónomo amigo, que a su vez telegrafió a sus colegas del Observatorio Lowell, a los que la propuesta agradó. De este modo el planeta X –cuya superficie había poblado Lovecraft de negras ciudades habitadas por viscosas abominaciones- pasó a tener el pegadizo nombre por el que es conocido.

No sabemos mucho más de su vida. Licenciada en matemáticas, trabajó como contable y más tarde enseñó economía en colegios de chicas al sur de Londres. Contrajo matrimonio con un profesor de lenguas clásicas que llegó a ser director del Epsom Collegue. No hay mucho más. Uno se pregunta si una inquietante melancolía no la asaltaría al pensar en ocasiones en aquel planeta, su planeta, espantosamente desamparado en aquella lejanía imposible. Los dioses le concedieron una vida larga, de modo que aún vivía cuando la comunidad científica internacional decidió poner en su sitio a aquel astro menoscabado, aún más pequeño que la luna, una mera excentricidad del sistema solar y ni siquiera la única: Eris, otro planetoide recientemente descubierto, le supera en tamaño. En unas declaraciones, aquella anciana nonagenaria vino a decir de la manera más elegante posible que todo aquello se la traía más bien floja, aunque hubiera preferido que hubiera seguido siendo un planeta. Todos tenemos nuestra vanidad y no tiene que ser agradable encajar semejante afrenta al cuerpo celeste al que has apadrinado, esa especie de asombrosa mascota con la que has mantenido toda tu vida un extraño vínculo.

Dado como soy a ensoñaciones triviales, más que en ese irónico desengaño final me gusta pensar en una joven e inventada Venetia Burney que sólo existe en estas líneas, viviendo los azarosos años de la guerra mundial, en medio de esa fabulosa mudanza de las costumbres durante los periodos bélicos. La imagino una noche de verano, hablando en un jardín con un desconocido al que le acaban de presentar, un piloto de avión que partirá mañana al frente. Ella sostiene una copa en la mano y él escucha la historia de su infantil momento de gloria, que tantas veces habrá contado. Los contactos en tiempos de guerra son fugaces y urgentes. Veinticuatro horas después el joven piloto acabará en el fondo del Canal de la Mancha, después de que su nave se haya precipitado al mar, la carlinga en llamas. Imagino su conversación en voz baja, el brillo de sus ojos en la oscuridad y cómo hubiera sido hermoso tomar por la cintura a una chica de nombre Venetia Burney y besar esos labios que pusieron nombre a un planeta.

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