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Los amantes gustan de contarse historias de la niñez. Instantes de gran felicidad, momentos hilarantes, misterios nocturnos y hasta secretos dolorosos. Siempre nos quedamos con la melancolía de no haber podido conocer a aquella niña que era como todas pero que ya era ella y que jugaba con un chivo pequeño o que aguantaba –esa conmovedora pobreza de los niños- impertérrita al lado de una cola para entrar gratis en la noria, haciendo de contrapeso de ardorosas parejas de novios que se besaban suspendidos sobre las luces, donde estallan los cohetes, cerca de las estrellas.

Pero ninguna me gustó tanto como la que N. me contó una vez sobre el día de su primera comunión. Ella estaba ingenuamente enamorada de un chico del colegio. La comunión se repartía en dos colas, los niños a un lado y las niñas al otro. Imaginaba, con esa absoluta seriedad con que los niños desean, que nada en el mundo sería más dulce que la coincidencia de ambos en el momento de comulgar, firmemente convencida de la temeraria afirmación del Concilio de Trento según la cual en esa hostia “Cristo mismo, vivo y glorioso, está presente de manera verdadera, real y substancial, con su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad”, que ya es afirmar.

La imagino en esa remota mañana de mayo. Vestida de blanco, sosteniendo entre sus manos esos baratos objetos del rito que al niño le parecen de un lujo fabuloso, ocupando su lugar en la cola, justo al lado de él. A su alrededor la palidez clínica de los gladiolos, el olor bizantino del incienso, el sonido tembloroso de un coro indeciso perturbando el silencio resonante de la iglesia. Dos sacerdotes se afanan en la tarea de repartir hostias entre los pequeños disfrazados de novias y marineros. Uno de ellos no ha debido poner la diligencia debida, porque la cola de los chicos se adelanta un puesto. Ahora es otra la que avanza paso a paso junto a él para recibir a la par el sacramento. Para colmo esa otra es una antipática y le cae muy mal. No es algo esperado ni justo, pero va a suceder de manera inexorable. Con cuánta pasión suplica entonces al buen dios que todo lo ve que no permita ese capricho del azar, ese escándalo.

Y entonces ocurrió. La usurpadora empezó a sentirse mal, se salió de la cola y, agarrándose a uno de los bancos de madera vomitó, vomitó en sagrado, desparramando el desayuno sobre las viejas losas de mármol, para disgusto de parientes y allegados. Pendientes todos de la truculencia costumbrista de la escena, nadie fue consciente de la gloria del instante, cuando la cola reinició su avance y, esta vez sí, el chico y ella –los ojos cerrados, su corazón palpitando como el de un pájaro estrellándose contra las ventanas al intentar salir de una habitación- dieron un paso al frente y avanzaron hacia las suaves manos sacerdotales, que depositaron sobre sus lenguas una inimaginable divinidad plana e insípida.

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