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Antes, me refiero a mucho tiempo antes, cuando era pequeño y muchas de las cosas aún no tenían nombre, la noche era el momento del gran misterio. Tumbado en la hierba mirando el cielo estrellado o atravesando de noche una ciudad desconocida, sin poder retirar la vista de las ventanas encendidas en las graves fachadas grises -tras cuyos cristales imaginaba posibles vidas, vidas todas que quería vivir y apurar- el mundo se me revelaba ilimitado, inagotable. Eso ya pasó, ahora conozco la noche y sé que es corta y que todo se repite y que no hay más, ahora es al contrario.

A veces llueve durante días, como si siempre hubiera sido así, y de repente una tarde sale el sol y uno puede experimentar un modesto éxtasis. El aire se hace transparente, el mundo aparece como lavado, enfocado, resplandece de novedad y juventud. Las fugas del paisaje revelan entonces una doble, triple profundidad jamás sospechada. Crees ver por primera vez esas mismas calles donde ha transcurrido tu vida. Pero no solo los objetos se nos aparecen cargados de un nuevo significado, el ojo se afina también sobre las personas que en ese momento abandonan sus escondites y salen en masa a la calle: las parejas de novios tristes, los grupos de muchachas riendo porque ha salido el sol y porque sí, el hombre desesperado que suplica y maldice a través de su teléfono móvil, la silueta que canturrea tras las cortinas absorta en alguna tarea, los niños de la mano de sus padres con ese aire resignado de los detenidos… en cada mirada, en cada frase entreoída, en cada rayo que cae oblicuo sobre las macetas de un balcón, uno cree captar el mismo secreto de lo viviente. Cuanto ves cobra sentido, asisten los queridos fantasmas del pasado y se mezclan sin remordimiento con locas fantasías sobre lo que ha de venir, todos están invitados a esta reconciliación tumultuosa. El mundo vuelve a ser una promesa de cambio y de aventura. De nuevo, por un breve instante, todo es posible. Finalmente cae la noche y acaba por poner las cosas en su sitio.

(24-2-14)

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